Poemas

Triana Obregón

Triana Obregón (Lomas de Zamora, 1993): Viviendo toda su vida en el conurbano sur, mejor dicho

en Lomas de Zamora, considera la escritura como una lucha constante, a favor de la inclusión, y

dando más que lo corporal y lo físico. Se encuentra en el último período de la Licenciatura en

Letras de la UBA y ya ejerciendo la vocación de enseñanza. Suele escribir, en su mayoría, cuentos.

Aunque también suele incursionar en las notas de opinión y breves ensayos con los que en más de

una ocasión colaboró con Big Yur para publicar en la web.

 

¿Te incentiva, a la hora de escribir, la vida que llevás en zona sur?

Considero que escribir es una contracara inseparable del acto de leer. Y para leer, tanto libros,

como la realidad, o a las personas, es inevitable que tenga al conurbano siempre presente. El

barrio, la realidad de todos los días, determinan la forma en la que leo y escribo. No pasa sólo por

escribir sobre lo que veo, ya sean crónicas, reflexiones o ficciones inspiradas por la realidad

cotidiana. Sino una forma, un ojo particular. Se me hizo carne una mirada que busca rodear, de

adentro hacia afuera, para tratar de llegar al núcleo de una cuestión sin dejar atrás la identidad

propia, periférica, conurbana. Por otro lado vivir en el sur también determina que busque poner

en un centro protagónico lugares, personas y sucesos que históricamente fueron relegados a un

papel secundario por un discurso hegemónico. Aunque sepamos que no es así, que todos los

procesos históricos y más revolucionarios de este país se dieron desde afuera de los centros de

poder, como una invasión. Eso, creo, es lo que trato de hacer cuando escribo.

 

¿Te parece un ejercicio de introspección la escritura, o la proyectás socialmente como un

elemento rebelde?

Retomando lo último que dije, lo que escribo es una combinación de ambos procesos. No hay

proyección social posible sin una introspección. Cuanto menos para cuestionarte tus privilegios

sociales, o culturales. ¿Por qué podés escribir? ¿Qué te permitió llegar hasta acá? ¿Por qué es

importante lo que tenés para decir? ¿Por qué vos? Que empiece a escribir fue parte de un proceso

introspectivo, donde me reconocí parte de un entramado social determinado, donde me hermané

(o intento) con los sectores más relegados. Y no es que esté dandole más importancia a mi voz,

sino que si soy parte, todos son parte. Si yo puedo, todos pueden, y esa es mi otra búsqueda: que

todos lo hagan.

¿Qué te parece que no debería faltarle a ningún texto?

Los textos tienen que tener voces. Varias voces. La de un autor o autora, y más, que la discutan o

que la apoyen. Pero que todas esas voces rompan la torre de marfil. Creo que un autor tiene que

evidenciar eso en cualquier texto, que no es un ser aislado y superdotado por el arte. Ese texto

salió de uno porque leyó, porque habló, porque escuchó, sobre todo eso. Y no hay que negarlo

desde la soberbia. Además, qué voces se presentan te permite conocer más a quien escribe; los

discursos unívocos aburren y distraen, no son permeables a quien los lee. Pero cuando se te

presenta una red de voces, es interesante ver cómo está tejida, y visibiliza el rol que se asigna a sí

mismo un escritor.

 

*****

Cuando el silencio empezaba a ganar me di cuenta.

El estruendo no tiene dónde ir,

vive sólo en un lugar.

Si se escucha más y más bajito, sólo se agazapa.

Y espera. Lo sabe y ahora yo lo sé

y ojalá que mi abuelo sepa esto porque siempre vuelve.
Sólo espera
acechante
oculto
denso
paciente
espera
ávido
ser estruendazo.

 

*****

Otros recuerdos más felices me llevan al patio de mi casa. A mi papá haciendo asado desde el atardecer. Le alcanzo un vaso con Gancia, mientras conversan con mi abuelo de River, de politica, del barrio. Mi mamá y mi abuela preparaban las ensaladas en la cocina. Yo paseaba entre las dos conversaciones tratando de perderme la menor cantidad de detalles posibles de ambas. Entre las desventuras de una tía y una política económica frustrante que no terminaba de entender sólo lograban distraerme los chaskibúm y las estrellitas. Ah, y las cañitas voladoras. Si queríamos prender una, venían en auxilio papá, el abuelo y una botella de cerveza vacía que hacía de plataforma de despegue. Pero, ¿cuál es la diversión en una cañita voladora? ¿Lleva algo en su panza llena de pólvora china? Sí, pero no era el estruendo que buscaba. La magia en la cañita era la aventura de saber si volaría o no, si se elevaría apenas por encima de las chapas (su récord máximo conocido) o si saldría disparada al otro rincón del patio, como un mini misil del tercer mundo conurbano.

Forne

Editor General. Originario de Barrio La Perla, Temperley. Se interesa por las pequeñas grandes cosas como la poesía, las plantas, la justicia social.

6 mayo, 2017

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