Política

Toda crisis es política

2001. La caída de las Torres Gemelas. La separación de los Redondos. Racing campeón. El año que el país estalló.
Yo era muy chico, pero me acuerdo que ese diciembre tenía miedo. No entendía nada. En la tele veía que estaban saqueando supermercados en todo el país. En el barrio los vecinos decían que había un montón de gente que venía de Quilmes, caminando por la Avenida Pasco, para saquear todo Temperley. Era un pánico generalizado, compartido. Un miedo de clase media quizás, un miedo a que los más pobres nos sacaran nuestras cosas, como si ellos fueran el enemigo. En ese momento, supongo que los objetos que más me importaban eran mis juguetes. Nunca apareció nadie por Pasco. Era un mito que circulaba boca a boca, como cualquier otro rumor de barrio. Años después me enteré que en muchos otros lugares se difundían relatos parecidos. La gente sentía miedo.
Pero los votantes de la Alianza no tenían solamente miedo. Tenían bronca. Odio. Los que no los votaron, también. Habían sido traicionados por un poder político que gobernaba para los bancos y las empresas, pero no para el pueblo. La desocupación, la flexibilización laboral, el endeudamiento, el Corralito. Todas las políticas del gobierno eran contra la clase trabajadora. Los trabajadores y los desocupados sufrían HAMBRE y la consecuencia natural del hambre es la violencia. El país entero era un fuego inmenso e incontrolable que se propagaba por todas las provincias a medida que avanzaban las horas.
El Estado, encabezado por el presidente Fernando De la Rúa, no sabía qué hacer ante las protestas que se desataban en todo el territorio nacional. El pueblo ocupaba la Plaza de Mayo. La Casa Rosada temblaba. Pero en un último gesto de traición, el gobierno mandó a reprimir todas las manifestaciones en el país. Hubo 38 muertos. Muertos no, asesinados por el Estado. La violencia política volvía a sacudir la historia argentina. Tal vez la historia es el gran relato que organiza esa violencia. Pero la historia también silencia. Silencia nombres y silencia muertes. Por eso, propongo hacer memoria y nombrar.
Graciela Acosta, Ricardo Álvarez Villalba, Ramón Alberto Arapi, Rubén Aredes, Elvira Avaca, Diego Ávila, Gustavo Ariel Benedetto, Walter Campos, Juan Delgado, Víctor Ariel Enriquez, Luis Alberto Fernández, Sergio Miguel Ferreira, Julio Hernán Flores, Yanina García, Roberto Agustín Gramajo, Pablo Marcelo Guías, Romina Iturain, Diego Lamagna, Cristian Legembre, Alberto Márquez, David Ernesto Moreno, Marcelo Alejandro Pacini, Rosa Eloísa Paniagua, Sergio Pedernera, Rubén Pereyra, Damián Vicente Ramírez, Sandra Ríos, Gastón Marcelo Riva, José Daniel Rodríguez, Ariel Maximiliano Salas, Carlos Manuel Spinelli, Juan Alberto Torres, José Vega, Ricardo Villalba, Mariela Rosales, Carlos “Petete” Almirón, Jorge Cárdenas, Claudio “Pocho” Lepratti.
38 nombres. 38 muertes. Entre ellos, menores asesinados por comerciantes con miedo a los saqueos. Tal vez los últimos dos nombres de la lista resuenen más en la memoria popular. La foto de Jorge Cárdenas muerto en la entrada al Congreso que se hizo pública después de su asesinato mostraba en primer plano la violencia que se estaba viviendo en esas horas. El nombre de Claudio “Pocho” Lepratti, militante social asesinado en Rosario, se hizo canción en una emotiva cumbia que canta León Gieco: “El ángel de la bicicleta”. Pero hay otros dos nombres que por cercanía me resultan familiares. Mariela Rosales, asesinada el 20 de diciembre de 2001 en Lomas de Zamora por la policía, acá nomas de donde vivo. Tenía 28 años. El mismo día, la Policía Federal también asesinó a Carlos “Petete” Almirón, estudiante de sociología y militante del Movimiento de Desocupados 29 de Mayo y de Correpi (la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional). Petete era un pibe de 23 años, como yo ahora, que se estaba manifestando junto a sus compañeros y compañeras. “Le gustaba luchar por los pobres, siendo nosotros mismos pobres”, cuenta Marta Almirón, su mamá, en una entrevista para Página/12. Petete había crecido en la casa de su abuela, en Lanús. Hace unos días conocí a un compañero de Petete que también es de Lanús, Damián. Mientras Damián lo recordaba en público se quebró, no pudo hablar más. Petete pensaba y veía que la realidad había que transformarla allá afuera, poniendo el cuerpo en las calles. Pero en las calles, la realidad también era una bala. Pasaron quince años desde que un disparo policial impactó contra Petete. Hoy él tendría 38 años.

II

La crisis del 2001 fue el resultado de las políticas neoliberales de Carlos Saúl Menem. Durante los años ’90, el gobierno menemista implementó una serie de reformas que impactaron sobre todo el terreno nacional. La Ley de Convertibilidad (conocida como “el 1 a 1”), la privatización de empresas públicas y el endeudamiento con el FMI fueron solamente algunas de las causas que motivaron la recesión económica. Ya en la presidencia de De la Rúa, los índices de desocupación crecían, mientras que el gobierno reforzaba la flexibilización laboral que aumentaba el desempleo. La pobreza se multiplicaba. Los inversionistas extranjeros retiraban sus depósitos de los bancos argentinos. Esa fuga de capitales dejaba un país sin reservas, quebrado. El por entonces Ministro de Economía, Domingo Cavallo, puso en marcha un plan económico que golpeó el bolsillo de todos los argentinos: el Corralito. El Corralito consistía en una restricción que limitaba la cantidad de plata que la gente podía extraer de sus cuentas semanalmente. La prohibición también se aplicaba sobre las empresas. En este contexto, la CGT llamó a una huelga general. La desesperación que dominaba en la sociedad produjo una ola de saqueos en todo el país. El odio que latía en las calles era el mismo odio que se puede escuchar en la canción “Señor cobranza” de Las manos de Filippi. Sobre todo en la versión de la Bersuit.
El 19 de diciembre De la Rúa declaró el estado de sitio. Pero la respuesta social fue salir con las ollas vacías, porque en muchos casos no había nada para cocinar ahí, y hacer ruido. Cuando parecía que las palabras ya no podían expresar la queja social, el ruido lo dijo todo. En Buenos Aires, los manifestantes llegaban a la Plaza de Mayo autoconvocados, mientras que en el resto del país también se marchaba contra el gobierno. Con la consigna “QUE SE VAYAN TODOS”, las masas avanzaban reclamando la renuncia de Fernando De la Rúa. Había un desencanto generalizado y una crisis de representatividad política. El cacerolazo revelaba la imposibilidad de sostener la gobernabilidad para el mandatario radical. Ante el avance popular y los piedrazos, la Federal empezó a lanzar gases lacrimógenos y disparos. Las balas que se disparaban eran indistintamente de goma o de plomo. A pesar de la represión, la policía no pudo disipar a los manifestantes. Seguían llegando y desplegándose. A las 3 de la madrugada, Cavallo presentó su renuncia. Pero a esa altura, para el pueblo no fue suficiente.
El 20 de diciembre las Madres de Plaza de Mayo intentaron recorrer la plaza como lo hacen desde 1977, pero la policía montada ocupaba el espacio cercano a la Pirámide de Mayo donde ellas realizan su vuelta habitual. Mientras las Madres protestaban con cantos y reclamos, la caballería avanzó sobre ellas y les respondió con golpes. El palito de abollar ideologías volvía a tener protagonismo. En democracia.
En una escena histórica que registró la televisión, Hebe de Bonafini preguntaba dónde estaban los detenidos por la policía, en qué comisarías tenían presos a los manifestantes. Las desapariciones forzosas durante los ’70 habían dejado un sabor amargo en la conciencia colectiva de la Argentina.
La violencia en las calles se imprimía en fotos y filmaciones periodísticas o caseras. Piedrazos, balazos, chorros hidrantes, saqueos y camiones de supermercados entregando bolsones de comida. Cualquier escena era una imagen de la desesperación, el manotazo de alguien para sobrevivir. Con los años, el chino llorando en la puerta de su supermercado mientras está siendo saqueado se convirtió en un símbolo de la época.
Después de varios intentos fallidos por reorganizar el poder y la gobernabilidad, Fernando De la Rúa dejó la presidencia a las 19 hs. del 20 de diciembre de 2001. Un helicóptero lo llevó desde la terraza de la Casa Rosada hasta la quinta de Olivos. En los días siguientes, De la Rúa tuvo 4 sucesores. En 11 días, Argentina tuvo 5 presidentes.
¿Qué es una crisis? Es un límite, pero también una necesidad de transformación. Si la experiencia política neoliberal culminó en crisis, ese proceso histórico tiene que servir como enseñanza. La crisis del 2001 también fue una gesta del pueblo argentino. Nos dejó como aprendizaje la posibilidad de organizarnos y luchar por nuestras necesidades y nuestros derechos.
Ahora nos gobiernan de nuevo. Sí, los mismos que llevaron el país a la ruina en el 2001 ocupan actualmente los puestos de poder en el Estado. Pero estamos de pie y empoderados. Tenemos memoria, que es la mejor herramienta para construir otro presente. En eso estamos.

Julián Berenguel

Nació en Temperley en 1993 y estudió Letras en la UBA. Trabaja como profesor de literatura en escuelas secundarias del conurbano bonaerense.

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