Sociedad

Tinder y darwinismo sexual

Con el objetivo de reflexionar
I

¿Qué es el amor? una de las preguntas más hermosas de formular, pero dificultosa a la hora de encontrarle una respuesta única. Para Mariana, de 34 años, que recién se acaba de separar de un boludo que la vivía, “el amor es una mierda”; para Sebastián, de 22, que se puso de novio con la piba que le gustaba, “es algo muy intenso que llega cuando la persona es indicada”; mientras que para María Laura, de 84, “el amor es una charla inolvidable con los nietos” mientras estos juegan Minecraft. Entonces, ante la imposibilidad de encontrar una definición única, ya que la respuesta varía según la enunciación de cada acto, ¿podría decirse que el amor es una construcción social que varía según el contexto? Claro que sí, porque sino no hay nota.

II

El amor en la modernidad, la época de las fábricas, el Estado de bienestar que resurge de las cenizas de la crisis del 30 y el ahorro como motor del éxito individual, tenía una concepción acerca de la importancia de hallar la persona indicada y vivir la vida para siempre junto a su lado, aunque no se fumaran ni un poco, o aunque se viviera en una doble vida. Algo estaba claro: el amor era para siempre, resulte como resulte, porque estaba bien visto que así sea.
Al hablar de la posmodernidad y la volatilidad la cosa cambia. La época de los trabajos online, los estados neo neo liberales que resurgen en América Latina y el quemar la plata para vivir la vida, se hace presente y con él la idea de vínculos duraderos se transforma. Ya no te quiero para siempre, te quiero hasta que te quiera querer, hasta que pinte, hasta que alguna diferencia sustancial sea suficiente como para comenzar otro camino, otra búsqueda. Me gusta la palabra búsqueda.
La cultura posmoderna “se nos aparece como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido”, advierte, en este sentido, el sociólogo Sygmunt Bauman. Más allá de que el polaco no deja de lucrar con las cuestiones “líquidas”, su frase tiene mucho de cierto: vivimos inmersos en vínculos volátiles.
El amor es contextual, perfecto. Podríamos decir entonces que contextualmente hoy la posición del ser humano con respecto al “amor para siempre”, ha cambiado. Más allá de aquellos corazones joviales que buscan la felicidad eterna inhumados en un viaje aventurero con un otro, la cultura del desapego y el “vive hoy” está latente. Digo, por algo tenemos a Tinder.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de Tinder? Se trata de una red social que puede encontrarse en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, es decir: en un smartphone. La aplicación lo que permite es colocar una foto de perfil y comenzar a mirar fotos ajenas, de personas que filtran búsquedas según edades o intereses. Cuando alguien nos gusta le damos doble click y se genera un “corazón”. Así vamos eligiendo lo lindo y descartando lo feo. Lo mágico ocurre cuando una persona a la que le diste “like” también le da “like” a una foto propia. Ahí ocurre un “Match”, sí un “Match”… Al darse este complejo resultado de algoritmos representados en unos y ceros en una red de redes inmersa en el horizonte informático se abre un chat que permite que ambas personas dialoguen y se involucren en un maremoto de emociones virtuales que quizás, alguna vez, llegue a un encuentro presencial.

III

Como todos sabemos los griegos tenían mitos para hablar de muchas cosas, entre ellas se encuentra el amor. Una de las explicaciones sobre su surgimiento lo encontramos en El Banquete de Platón. Allí, en boca de Sócrates, explica que el amor tenía una parte de éxito y otra de carencia, producto de la gestación de un niño llamado Eros, el dios del amor.
Según cuenta Sócrates en su presunta alocución, Eros es hijo de Poros y Penía. El primero era el dios de la abundancia, mientras que la segunda, de la pobreza y la falta. Cuentan que dicha unión surgió al término de una fiesta en honor al nacimiento de Afrodita (otra diosa del amor y del deseo sexual que tiene un surgimiento más polémico) a la que habían sido invitados todos los dioses. Penía acudió para pedir las sobras del banquete, y Poros -que se había embriagado con néctar- no tuvo la mejor idea de acostarse y pegar una siesta. Penia creyó por la pose de éste que se hallaba en la misma situación de desamparo, y esperanzada de haber encontrado un semejante, quiso tener un hijo con él, y así fue. De su unión nació Eros, el amor, que podríamos interpretar como la unión de dos elementos antagónicos: la oportunidad y la carencia. “Por su naturaleza no es mortal ni inmortal; pero en un mismo día está floreciente y lleno de vida mientras está en la abundancia, y luego se extingue para revivir por efecto de la naturaleza paterna. Todo lo que adquiere se le escapa sin cesar, de manera que nunca es rico ni pobre”, cuenta Platón.

Si bien lo anterior es sólo un relato ontológico, es decir que busca comprender el inicio de algo, podríamos reflexionar que el amor -por ejemplo a la sabiduría- es una constante búsqueda que, justamente, se termina cuando ese algo se encuentra, porque operan en sí la oportunidad y el éxito de encontrar y el desamparo de haber culminado la búsqueda: El amor como una eterna búsqueda de incompletos. Entonces, siguiendo esta línea reflexiva, podríamos considerar al amor como una búsqueda que finaliza con el acto de encontrar. Es casi una cuestión lógica. Pero, ¿es lógico el amor?

IV

¿Acaso el reflejo de Poros y Penía, de sus dos concepciones, no se encuentran en Tinder, al menos de modo metafórico? ¿No ocurre en esa red social una suerte de darwinismo sexual en donde el más apto termina prevaleciendo?
Si algo caracteriza a Tinder es la libertad de elección, de poder elegir cuál nos gusta más, pero en esa sobre capacidad de elección nos atamos cada vez más, nos esclavizamos a la necesidad de elegir y de satisfacer vínculos esporádicos. Es en ese punto que la extrema libertad de elección no nos convierte ni en más libres, ni en más felices, sino más insatisfechos y el consumo sexual se elige a la carta, al mejor postor, a la mejor foto de perfil. Y así vamos cosificando, y también deseando ser cosificados, utilizando los celulares como una herramienta que ayuda a conectar a quien está lejos, y que paradójicamente permite a quienes se conectan, enmarcarse en una distancia inevitable.
El amor dejó de ser concebido como un vínculo para siempre porque las lógicas del consumismo atentan contra lo estable, porque espaciotemporalmente la construcción social acerca del deseo busca la satisfacción inmediata de mantenerse excitado. “Del superhombre al hombre sobreexcitado”, señala Paul Virilio sobre la reconocida conceptualización de Friedrich Nietzsche. Pero esta alteración de constante búsqueda y desencuentro también refleja una capacidad de relacionarse que se ha transformado y que no ha sido del todo culpa de las nuevas tecnologías sino de la apropiación que se ha hecho de ellas, de su uso. Un uso que no es casual, y que naturalizamos y reproducimos primero en el discurso, y luego en nuestros actos, robusteciendo las relaciones sociales del sistema capitalista. Un uso que está condicionado por la mercantilidad de las relaciones de obtener siempre algo “mejor” de lo que tenemos, porque lo estable, lo estable aburre, y por eso elegimos, aunque nos de culpa equivocarnos. Elegimos porque somos esclavos de la posibilidad, de las posibilidades.

Esperá, ya me estoy mareando. Recapitulemos: ¿Qué tiene que ver la filosofía griega con Tinder y qué tiene que ver Tinder con la posmodernidad y la proliferación y reproducción de discursos que tienden a naturalizar lo efímero de las relaciones sociales? ¿Tinder tiene que ver con nosotros, o nosotros tenemos que ver con él? ¿Cuánto hay en la utilización de la red social con la necesidad de satisfacer nuestros deseos de elegir? ¿No era que la elección nos vuelve infelices e inseguros? ¿O sólo nos hace infelices cuando sabemos que perdemos algo? ¿Será que es un medio ideal para eternizar las búsquedas y atentar contra lo estable?
La red social copa porque expone nuestras miserias de forma cool. Gusta porque no la caretea, porque parece ser genial vivir al límite y reconocerlo. En Tinder se supone que el deseo sexual es una proceso de elección constante que intenta satisfacer deseos, a veces aprisionados, y que cuentan justamente con la ventaja y la impunidad de que una vez que se encuentra y se concreta, o no, te da la posibilidad de eternizar la búsqueda sin caer en el desamparo de Penía, manteniendo viva la llama de un filosófico amor.

Hernán Ferraro

Obrero de la comunicación y las ciencias sociales. El periodismo es su trabajo.

20 septiembre, 2016