Política

Sobre la re publicación de la carta de María Elena Walsh

Roberto Sarrabeyrouse es docente de la materia “Prácticas del lenguaje” en numerosas escuelas secundarias del conurbano bonaerense. Después de indignarse por ver cómo otros docentes compartían y volvían a difundir una carta abierta de María Elena Walsh publicada en 1997, prefirió hacer algo por la dignidad: escribir en contra de esta difamación recuperada por los carneros de turno. Acá compartimos sus palabras.

No pretende el autor de estas líneas, oscuro docente de escuelas secundarias de los suburbios de un país subdesarrollado, igualarse a la fabulosa poeta y escritora infantil que elaboró el texto “La carpa también debe tomarse vacaciones”. De su autora sólo diré que, como todos, a veces se equivocaba. Lo hizo cuando compuso la hermosa “Serenata para la tierra de uno” a partir de una mirada hipercrítica al gobierno que presidía Arturo Illia (como refiere Sergio Pujol, biógrafo de María Elena) y lo hizo cuando escribió el texto que motiva estas líneas.

De la carta abierta diré algo más. La carta fue desafortunada. Desafortunada en varios sentidos: por una parte, porque el mayor logró que tuvo fue el de convertirse en arma intelectual que tomaron los ajustadores de siempre para atacar aquella protesta, que no sólo pedía por la Ley de Financiamiento Educativo sino también por un cambió del rumbo económico, ya que el país se había empobrecido notoriamente con privatizaciones a precio vil y el cierre de industrias con su mar de excluidos del sistema (creo que a nadie se le escapa lo ocurrido en aquellos tiempos de neoliberalismo menemista); y desafortunada porque no tuvo éxito: fue escrita cuando transcurrían doscientos sesenta y cuatro días de instalada la carpa, pero faltaban aún setecientos treinta y nueve para que esta se levantara, una vez cumplido su objetivo.

La carta se presenta como enviada por un amigo leal y es válido preguntarse si un amigo leal se comunica mediante una carta abierta.

La carta, para construir su sentido, se auto victimiza diciendo que los que no concurren a la carpa “parecemos antisociales, voceros del Gobierno, dinosaurios o Plateros sin poeta”. Cabría preguntarse a quién le parece esto ya que no hubo voces docentes que lo hicieran. Lo cierto es que a, partir de su publicación, la carta se convirtió en voz de aquel gobierno. En cuanto a la referencia literaria, en mi caso, prefiero adherir a la inmensa mayoría antes que estar con la minoría, siempre.

La carta acusa a los docentes de mediáticos y recurre a los medios para decirlo. Si esto no es paradójico, habría que concordar que, al menos, es anecdótico.

La carta dice que los docentes son autoritarios por “usurpar” espacios públicos, pero no parece preocuparse por otros espacios usurpados como, por ejemplo, en los bosques de Palermo, donde La Sociedad Rural o el Lawn Tennis Club ocupan terrenos públicos con fines comerciales.

¡Uf! Hago una pausa…

Podría analizar la carta desde los simbolismos que presenta (verbigracia, blanco: pureza). Desde la sintaxis utilizada o también desde los vocablos elegidos. Resultaría entretenido y hasta interesante abordarla desde las figuras retóricas y desenmarañar su sentido o desenmascarar las falacias formales y las no formales, ya de atinencia ya de ambigüedad. Pero para ello me vería precisado de analizar entimemas, reponer premisas ocultas, constatar su validez, evidenciar las conclusiones que se espera haga el receptor para reforzar psicológicamente su persuasivo destino (v.g.: “es gesto de dignidad cerrar el telón tras los aplausos y antes de la decadencia” se podría ordenar para una más sencilla comprensión: premisa mayor: cerrar el telón tras los aplausos y antes de la decadencia es gesto de dignidad, premisa menor: ustedes no cierran el telón tras los aplausos y antes de la decadencia, conclusión: ustedes son incapaces de un gesto de dignidad. O sea, ustedes son indignos y están condenados a la decadencia). Decía, podría resultar entretenido y hasta interesante, pero ocurre que no me divierte cuando lo que tengo que analizar me irrita, porque me invade el mal humor, el sopor y el aburrimiento (y, a fuerza de ser sincero, no descarto alguna pereza mental). Y como me canso rápido de responder a tanto odio párrafo por párrafo, a partir de ahora sintetizaré.

Retomo.

La carta del “amigo leal”, con mucha altura, hay que reconocerlo, acusa además a los docentes de autoritarios, cholulos, frívolos, antiestéticos, mal educados, demagógicos, feriantes, voluntaristas, patéticos, mentirosos, impostores, fanáticos, masoquistas, paródicos transculturales, monótonos, bailanteros, fatigantes (esta está buena, no me digan), poco imaginativos, falaces, faranduleros, autosecuestrados y apeladores, si se me permite el término, de la sensiblería popular. Por suerte para ustedes y para mí, he decidido contener mi verba que cada vez corría el riesgo de inflamarse más.

Creo, a priori, que debe haber algo detrás de tanto insulto. Y debe haber algo detrás de la peregrina idea de volver a publicar la carta hoy. Por parte de los medios que entonces y ahora le dieron y dan difusión hay, sin dudas, una intencionalidad de clase en defensa de sus intereses, los de los poderosos. Pero me intrigan más los motivos que movilizaron a su autora, quien tuvo al menos la decencia de esperar un tiempo para mostrar su postura, tiempo que es parte sustancial de amistosa crítica y sin el cual no se podía haber escrito el texto original; y los motivos que mueven a algunas personas, me refiero sobre todo a colegas, para apurarse a la re publicación del original cuando todavía se estaban apretando los últimos bulones de la actual Carpa Educativa Itinerante.

¿Qué movilizará a hacerlo? ¿Será un modo de disimular/justificar su falta de acción? ¿Responderá a una concepción en la que el docente está por encima de otras profesiones más menesterosas y por lo tanto debe guardar una compostura propia de su dignidad superior? ¿Tendrá que ver la pretensión arribista de pertenecer a una clase social que le es ajena pero que tal vez, ante una manifestación así, la /lo acepte? ¿Podrá relacionarse con traumas infantiles? ¿Con el deseo de iluminar a la muchedumbre inculta? ¿Con la necesidad de verse como vate? ¿Con pontificar? ¿Con tontificar?

La psicología no es mi fuerte y ¡Ay! Mal que me pese, la sociología tampoco. Supongo múltiples respuestas para múltiples publicadores. Tal vez, lo más sano sea dejar que sean ellas y ellos los utilicen la pedagogía de la pregunta y busquen un su interior, claro, si se atreven, los motivos ocultos que las y los llevaron a publicarla sin tener en cuenta ni el tiempo ni el final de la historia original. Si no es así, si no reflexionan, ya no es nuestro problema. Total, seguiremos teniendo la voluntad de aceptar el disenso, la paciencia para tolerar los insultos y la firme actitud democrática de luchar por nuestros derechos. Y esto, no hubo, hay o habrá carta en el mundo que pueda impedirlo.

Roberto Sarrabeyrouse

Docente de la materia "Prácticas del lenguaje" en numerosas escuelas del conurbano bonaerense.

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