Poemas

Samuel Piglia

Imagínate poder escribir (crear) todo lo que se te ocurre sin límite alguno. Tus sueños, tus frustraciones, tus utopías, todo todo todo en una hoja en blanco. Es tener un presupuesto de dinero inacabable, no lo necesitas, el único límite es tu cabeza. Una vez que eso queda escrito, puede inspirar a otros para hacerlo realidad. Ahí es dónde se puede dar un cambio social y cultural.

Samuel Piglia (Buenos aires) Lector. Escritor freelance en los ratos libres, amante del café, el blues y la vida apacible. Su lema: “Samu’s way of life”

 

 

– ¿Cuáles son las circunstancias que deberían darse para escribir? ¿Escribís en cualquier momento?

 

Escribo en cualquier momento y en cualquier lugar. Antes escribía en una libretita, pero ahora escribo con la app de notas del celular. Eso me simplificó muchísimo. Ya ni siquiera escribo en el la compu. Puedo cortar, pegar y copiar a mi propio mail y redes sociales.

Ahora, aún así, tienen que darse una serie de cosas para que pueda escribir. Todas esas cosas que tienen que darse, están referidas a los sentimientos y emociones positivas o negativas. En mis días de normalidad y equilibrio emocional no escribo porque no le doy la importancia necesaria. Cuando me viene una idea interesante, una palabra o veo algo en alguna serie, canción o libro, solo la escribo en las Notas y la dejo ahí hasta el momento de poder escribir algo con eso.

-¿La escritura está al servicio del cambio social, o de la imaginación? ¿Qué pensás al respecto?

 

Si hablamos de la escritura como un proceso creativo literario, está al servicio de la imaginación. Completamente. Imagínate poder escribir (crear) todo lo que se te ocurre sin límite alguno. Tus sueños, tus frustraciones, tus utopías, todo todo todo en una hoja en blanco. Es tener un presupuesto de dinero inacabable, no lo necesitas, el único límite es tu cabeza. Una vez que eso queda escrito, puede inspirar a otros para hacerlo realidad. Ahí es dónde se puede dar un cambio social y cultural. Yo suelo llamarlo “profetas y sacerdotes”. Uno lo escribe y lo da a conocer, otro lo puede llevar a la práctica. Si hablamos de la escritura como mensaje y solo como un medio comunicativo ahí sí está al servicio del cambio social. Mirá, la escritura es el mejor invento creado por la humanidad hasta el momento.

– ¿La ficción es necesaria para vos, a la hora de consolidar un texto?

 

Sí, siempre. Cuando comencé con esto, escribía mis diarios personales, con el tiempo esto me dio cierta práctica para poder escribir otras cosas. Nombro mis diarios porque muchas de las cosas (no todas) que invento y escribo tienen alicientes que pueden pertenecer a mi vida diaria. A veces me pongo a pensar lo que estaría haciendo mi yo de algún mundo paralelo.

Hablando de “mi yo”. Samuel Piglia cumple una doble función en mi vida. Por un lado es un seudónimo y por otro, un personaje, un alter ego, que suelo usar en mis textos. No soy yo, pero tampoco otro.

 

-¿Es el texto poético algo que considerás ficción, al igual que la narrativa?

 

Los textos poéticos, al igual que la narrativa, pueden ser ficción o realidad. Cuantas veces uno leyendo un texto poético no dijo ¿cómo puede, el autor, interpretar tan bien lo que me pasa?. Y por qué sucede eso?, sucede porque esas emociones son universales y reales. Después puede estar hablando de un concepto, de una abstracción, de un marciano o un animal. Escrito en clave o de forma simple, ambientado en  el siglo XX o en el XXVIII. Eso no importa.

 

– ¿Establecerías alguna diferencia entre un escritor de cuentos y un escritor de poesía?

 

Más allá de las formas y los procesos de escritura, no. Después es según la persona que escriba dónde se siente más a gusto para escribir. No es lo mismo escribir poesía, cuento o novela. Depende de la capacidad de cada uno de  poder transmitir lo que quiera contar.

Si te doy mi opinión personal, me es mucho más difícil escribir un poema que un texto. Admiro a los poetas, tienen una simplificación excepcional a la hora de transmitir las emociones. No necesitan desarrollar nada. Solo sentencian. Eso te mata.

 

 

– ¿Qué tan necesaria te es la escritura en el día a día?

Me es más necesaria la lectura que la escritura. Por lo tanto me es necesaria. Para poder escribir necesitas leer, para conocer, abrir la mente, ordenar las ideas. Y la lectura te ayuda a todo eso.

***

 

Y hablando con él me llevó hacia ningún lado. A la nada misma. Y vi cosas que son ciertas y que no lo son al mismo tiempo…

Y vi a las tres chicas, pequeñas y rubias, muy rubias, jugando con la tierra. Arman montañitas de tierra y las desarman. Arman baluartes y los desarman. Una se enoja, nada le gusta, todo le desagrada. Se angustia, se pone furiosa, cruza los brazos. Si alguien la viera diría que probó el caramelo más ácido que existe sobre la tierra. Claro, si la tierra existiese. Pero aún falta para eso.

La chica se enoja, patea y pisa todo lo que hacen sus hermanas.

Parece medianoche, oscurece. Las niñas creadoras se van molestas con su hermana. Y ella, enojada con todo lo que la rodea.

Y la oscuridad lo abarca todo. El color negro, si existiese, quedaría blanco ante esto. Aun así, todo sigue su curso.

Las tres chicas, pequeñas y morenas, muy morenas, negras; juegan con montañitas de tierra propias del paisaje. Juegan hasta quedar extasiadas. Inocentes y felices. En el mundo no existe más nada que ellas y sus juegos. Salvo para una.

La chica de trenzas tiene curiosidad. ¿Cómo salen cada día esas montañitas que ellas aplastan en medio de sus juegos? Sé lo pregunta a sus hermanas. Las otras dos hermanas no se lo preguntan, no saben que les quiere decir la nena de las trenzas.

La del cabello corto mira con extrañeza a su hermana. Y a la nena con cola de caballo, no le interesa en lo más mínimo.

 

-Es un accidente geomórfico.- Dice de repente la niña de cola de caballo.

 

-¿Geomórfico?- Replica la del pelo corto.

 

-Papá me lo dijo los otros días. Es un accidente geomórfico. Dice.

 

-Geográfico. Accidente geográfico. Eso es lo que dijo, pero nunca explicó cómo se forma. – Susurra la chica de trenzas. Y continúa: De repente nos cuenta la historia de la nena curiosa. Y ni siquiera sé que es ser curiosa.

 

-Yo tampoco. –contestó la hermana de largo cabello.

 

-Ni yo. –Volvió a replicar la hermana de pelo corto.

Y la historia de la “nena curiosa” se cuela en sus charlas.

El día -lo que para mí es el día- sobreviene. Los sonidos del nuevo día producen temor en las niñitas, y corren a sus casas.

Y cuando las niñas creadoras, negras como la tierra recién formada se fueron a sus casas, al rato salió una niña del color de los árboles. Castaña ella. Hermosa. Pero no le interesaba el relieve como a las chicas rubias o la curiosidad como a las niñas oscuras. Ella hablaba y luces y colores y el eco rebotando en el lugar formaba lo que ella llamó música. Era feliz con ello. Muy feliz. Una verdadera curiosidad.

Y otra vez él me llevó a otro lugar. Y vi un gran jardín, donde el arquitecto universal riega. Las plantas crecen a un ritmo calmo. Imperceptible. La paz tiñe el lugar de armonía, sin embargo a millones de kilómetros de distancia esa armonía no llega ni en reflejos lejanos.

Se pregunta si podría hacer que llegue. Sí, claro que él puede. Pero no hace nada.

Sólo espera. Y mira.

Observa situaciones constantes. Una, dos, tres, cuatro. Infinitas. Todas al mismo tiempo.

Ahora poda unas ramitas y sonríe. Se retira a preparar té.

 

Y las deidades creadoras aparecen dándole esperanzas y llevándoselo a alguna parte.

Como él me devuelve a la realidad. Mi realidad. La de todos nosotros, la de todos los días.

Y me dice: -Se feliz Piglia, se feliz con lo que tienes y disfruta. No es poco, para nada poco.

***

-Señor Piglia en una hora sus camisas estarán listas.

Eso fue lo que me dijo la señora de la tintorería hace exactamente una hora. Lamentablemente voy a tener que esperar al menos una media hora más. Hubo un corte de luz y la cosa quedó hasta ahí.

Hace exactamente una hora saliendo de la tintorería del barrio veo a la chica más hermosa que jamás haya visto, cabellos color castaño, algo largos y ondulados. Es lo único que puedo recordar de ella. En ese momento de inconsciencia pasa un flaco corriendo a toda velocidad que hace que me vuelque todo el café en la manga del suéter. Me dio tanta bronca e impotencia que salí corriendo atrás para cagarlo a palos. Pero, como al parecer hoy no es un buen día, no repare en la presencia de dos policías que venían detrás y de dos figuras de negro que en pequeñas explosiones avanzaban por las azoteas de los edificios del barrio.

La cosa es que seguí al flaco por diez cuadras seguidas para dar en un galpón lleno de gente trabajando en condiciones inhumanas, que siempre creí abandonado. Resulta que era el cuartel de la mafia local, y digo bien, era, porque ahora estaban todos muertos en el suelo entre estrellas, sais, sangre y espadas, salvo un canoso de rodillas sacándose las espadas clavadas en su espalda jurando vengarse.

Habré estado paralizado como por diez minutos, o eso creo, hasta que volví en sí cuando veo al pibe que me tiró el café -al cual ya no quería cagar a palos- revisando algunos cuerpos. En la pesquisa encuentra un aparato negro, como un control remoto, en un bolsillo de uno de los sacos de los tipos muertos y se va. Cuando sale, los policías lo están esperando junto con los tipos de negro que vi hace un rato apareciendo y desapareciendo. El flaco les muestra el control negro, se ríe, lo mueve y se los señala. Amaga con hacer algo. Los polis se miran entre sí y los ninjas ni se inmutan. Al querer salir, me tropiezo con un tipo y caigo. El ruido espanta al pibe del control y veo como no pasa absolutamente nada.

Había pasado. La energía, la electricidad habían disminuido hasta desaparecer en media ciudad. Asaltos, choques y caos la inundaron por una media hora, que fue el tiempo que les llevó a los polis, que no eran polis, entender el control. Los ninjas habían hecho su trabajo y se habían retirado. Por mi parte, recordé que el canoso de exagerada curvatura ensangrentado en el suelo es un personaje relacionado con el poder público. Miré mi reloj y marcaban las 16:50, diez minutos para llegar a la tintorería.

-Supongo que no habrá problemas -digo para mis adentros- de paso voy a dejar mi suéter también.

-Samu-

Forne

Editor General. Originario de Barrio La Perla, Temperley. Se interesa por las pequeñas grandes cosas como la poesía, las plantas, la justicia social.

26 septiembre, 2017
25 noviembre, 2017