Cultura

Poesía de pregón

Fabio Quinteros (Burzaco, 1963) no es solamente un poeta. Con algo de vendedor ambulante, pero también de bardo medieval y pregonero, Fabio hace una poesía de la presencia: en sus poemas, la palabra se hace pública y se hace gesto. En su voz, los poemas de Fabio se potencian hasta hacernos temblar. Una vez pronunciados, los versos se quedan en el aire, como si fueran necesarios. La fuerza de sus poemas se condensa en una cadencia, un tono, una pausa o una forma de decir.

Fabio registra la vida en el conurbano con fragmentos de la miseria cotidiana, entre estaciones de trenes y andenes con basura, mientras de fondo suena una cumbia que no se escucha bien, que se pierde entre el paisaje. Fabio recita sus textos en vivo con bandas como El Alboroto, Pampa Trash y La Rumbadera. En él se reúnen una fuerte conciencia estética, rítmica, musical y escénica, pero también política. La poesía de Fabio discute con el poder y lo cuestiona, siempre desde el pregón público, la queja compartida.

A Fabio lo entrevistamos en una estación de servicio en Temperley. Esa tarde, además de venderse nafta, cigarrillos y golosinas, en la estación de servicio se podía escuchar poesía: después de la entrevista, Fabio nos recitó uno de sus poemas y fue como si se hubiera suspendido el tiempo. Cuando nos habla de sus recitados, Fabio dice que “narra”. Narrar es contar una historia, hacerse escuchar. Si se escucha con atención, las palabras siempre dicen más de lo que dicen. Las palabras narran. Y tal vez la poesía, en estos tiempos tan necesaria, se narre para eso: para suspender el tiempo.

J: ¿Dónde naciste y cuándo?

F: Yo nací en Burzaco, en el año ‘63, hace bastante tiempo. Me crié en un barrio muy marginal, el barrio La Cumbre de Burzaco, prácticamente una villa. De ahí vengo. Queda bastante alejado de acá y alejado del centro de Burzaco. Barrio La Cumbre, Barrio Arzeno, Loma Verde, Barrio Lindo. Son todos barrios de cuatro cuadras a la redonda, seis como mucho. Barrios muy viejos que creo que solo los que estamos por ahí los conocemos.

J: ¿Qué es la poesía para vos?

F: Para mí enmarca de una manera muy particular los estados anímicos y, dentro de ellos, la necesidad afectiva. La poesía tiene una característica tan abstracta, tan emocional, y su manera de decir generalmente esquiva lo concreto. Por esa estructura particular yo la identifico mucho con la cuestión anímica y con la cuestión afectiva. Más que la novela, que la prosa, que tienen otras características, que tienen otra manera de expresarse. De los dos lados la poesía: desde el verso, desde la estructura propiamente dicha, y desde lo emocional. Es como que están ligados esos dos aspectos, son sintéticos. Por más que sea una poesía de diez hojas, son sintéticos en cada verso.

J: ¿Cuándo y cómo empezaste a escribir poesía?

F: Yo empecé ya hace veintitrés años, en las camas de los hospitales. Estuve mucho tiempo enfermo de cáncer, fueron siete años. Nunca antes había escrito, yo tendría veintinueve años ya, nunca antes había escrito y surgió de esa necesidad. Estaba ahí, con la espada de Damocles apuntando, y fueron muchos años y la verdad que justamente por no tener ninguna creencia, con la cuestión anímica que me encontré fue con el desahogo de la escritura, sin antecedentes, salvo algún rasgo así muy aislado. Y fui queriendo buscarle la vuelta a la manera de escribir. Después estudié Letras un par de años y me fue gustando cómo salía, cómo sonaba. Ese es el por qué. Fue un motivo anímico muy extremo. Estaba la vida o la muerte, entonces me puse a escribir.

J: Como que estaba lo físico también ahí.

F: Estaba en juego la vida. Yo era zurdo, escribía con la zurda, pero poéticamente hablando, por llamarlo de alguna manera, realmente pensé cómo quería escribir cuando no tuve aquel brazo izquierdo, valga la paradoja.

J: ¿Cómo fue el proceso de empezar a ponerle el cuerpo a la poesía, empezar a leerla en vivo, a recitar?

F: Otra característica de empezar a escribir es que yo consideraba que no sabía hablar. Desde muy chico, desde los primeros años de la adolescencia, me di cuenta que mi expresión era muy básica. Ya te digo, yo me crié en un barrio muy marginal. Y fui conociendo, metiéndome en sectores medios de otras características, de otra cultura. Te estoy hablando de hace cuarenta años atrás. Y me fui aislando en mi manera de hablar porque no me sentía cómodo, me sentía muy mal. Un prejuicio que se me fue creando, que seguramente estaba dando vueltas por el aire y lo entendí así. Y de ahí en más yo siempre tuve esa cuestión de considerar que no sé hablar. La escritura me dio esa oportunidad también, poder expresar lo que no sabía decir o lo que me sentía incómodo sin encontrar la manera de decirlo. Después, con el tiempo, hará cinco años atrás, fue como una devolución de gentilezas. Empecé a escribir porque consideraba que no sabía hablar, y después todo lo escrito tuve la necesidad imperiosa de decirlo. Esa es más o menos la ecuación. Escribir es muy solitario, por otro lado. Y narrar es una necesidad afectiva para con los demás. Al escribir uno tiene una necesidad propia, vuelvo a repetir, muy solitaria. Pero al narrar estás ofreciendo un sentimiento que te provoca tanto placer que la necesidad afectiva pasa porque al otro le provoque el mismo placer. Uno no es uno mismo sin el otro. Todo lo que uno haga por uno mismo tiene que incluir al otro, porque sino no es para uno mismo, no es de uno mismo. El hecho de narrar pasa por ahí, es esa necesidad afectiva de comunicación.

J: Al trabajo que vos hacés con la voz y la oralidad, ¿cómo lo llamarías? ¿Pregonar, recitar, declamar, narrar?

F: Tiene todas esas características. El pregón es una entonación, es una manera de expresión y es una manera de hablar. Uno puede leer, puede cantar y hay un término medio entre narrar y cantar que es el pregón, que no es canción. Tiene una entonación, por así decirlo, pero tampoco es narrar. Tiene una particularidad propia y es algo que está instalado en todos nosotros que lo escuchamos diariamente, como ejemplo los vendedores de tren, de colectivo. Ese cantito, esa expresión, y algunos con una voz impresionante, con una afinidad muy copada.

J: Tienen muy buen oído. Es como si tuvieran una conciencia musical sin saber que la tienen. Que un poco me parece que la tenemos todos.

F: ¿Y qué diferencia hay, no? Ser consciente o no ser consciente. La manifestación artística está.

J: ¿Qué efecto pensás que tiene el diálogo entre la poesía y la música sobre el escenario? Pensaba en tu trabajo con El Alboroto, con Pampa Trash, con La Rumbadera.

F: Se le agrega también otra posibilidad. Cuando vos le ponés música a un recitado o a un pregón, inclusive a la lectura, inevitablemente lo corrés del pregón. No terminás de cantarlo, pero el tiempo que te permite la música es una entonación mucho más rítmica que la lectura, diferente al pregón y que tampoco es canción. La música te da esa oportunidad, te da un tiempo y te da una afinación. Te da un ritmo muy particular, que sin música capaz que uno no lo pueda lograr. Harás otras cosas.

J: Como si te marcara un compás.

F: Inevitablemente, al menos a mí me sucede así. Yo estoy muy en contacto con la música. He hecho percusión, es el único instrumento que toqué en mi vida. No sé mucho de música, pero estoy muy en contacto. Esta pequeña trayectoria de haber narrado tiene como contexto generalmente la música. Es una necesidad, conmigo, mutua. La narración y la música. Y no solamente que la narración vaya adelante de la música y que la música sea una música de fondo. Que se armen otras estructuras, donde la presencia vaya cambiando, vaya circulando, vaya cambiando de lugar, que sea dinámica, no que sea estática.

J: Inclusive, estaba pensando que hay como un aprendizaje en lo musical que se transmite quizás después a lo literario en tu forma de elaborar los poemas, en tu forma de armar ritmo.

F: Exactamente. Vos encontraste otra manera, otra rítmica a la narrativa. Y eso inevitablemente te transforma el sentimiento. Hasta inclusive puede llegar a modificar el texto. Es muy oportuna en ciertos aspectos. Uno constantemente puede modificar un texto, constantemente podés improvisar un texto. Yo lo siento así, es lo que a mí me parece.

J: Sí, como que nunca está terminado, lo podés laburar siempre. Yo tengo un librito que te había comprado una vez después de un recital de La Rumbadera, De los momentos dispersos en que hemos perdido el rastro. Me lo leí un par de veces y noté que en algunas lecturas vos leés algunos poemas de ahí, los recitás, pero noté que son distintos los que están en el texto escrito en comparación con lo que recitás. Como que hay un laburo con la voz, como una improvisación, es un laburo con la memoria también.

F: La memoria es una fantasma que cuando uno narra ni siquiera tendría que ser tomada en cuenta. Porque es un miedo que te interfiere como buena excusa para la exposición. El temor pasa por no recordar. Los que escuchan van a recordar muy poco, es un proceso anímico. El público, la gente que te escucha, no sabe nada de tu texto. Es muy traicionera la memoria. Lo que uno tiene que tener es el sentido y el sentimiento.

J: Y cómo darle ritmo.

F: Exactamente. Y las palabras mismas te indican qué sentimiento a uno le surge.

Cómo entonarlas.

Exactamente. El tiempo, la reiteración, necesidades del texto, que necesitás repetirlo, reiterarlo, apurarlo. Ser un susurro y entonarlo con mucha fuerza. Es muy amplio. Como entidad artística, la narrativa ni siquiera nació todavía. Vos en el escenario tenés danza, tenés bandas, tenés teatro, pero no tenés la narrativa como entidad.

J: Sí, como una escuela de narradores. Entiendo.

F: Exactamente. Ni siquiera hemos comenzado.

J: Pero hasta quizás es algo bueno por el lado de que todas las cosas que se meten en una institución como que se las quiere cristalizar. Tal vez que esté en este estado más “suelto” hasta es mejor para la narración.

F: Seguramente, no está encasillada, pero eso ya va a suceder eh.

J: Hace un tiempo diste un taller de recitado, pregón y canción. ¿Qué se les enseñaba a los alumnos en ese taller, había consignas?

F: Se desarrollaba un taller de escritura como disparador, pero esa escritura no estaba proyectada a la estructura, a la manera de escribir, sino que apuntaba a la manera de narrarlo. Inevitablemente uno tenía que tomar la escritura para de ahí en más desarrollar lo otro, el pregón, el recitado y la canción. Tenía ese motivo la escritura. Y en cuanto a la narrativa, puntualmente la tonalidad, pero principalmente trabajar la cuestión de la memoria y la cuestión de la exposición. Porque son dos factores anímicos bastante inoportunos. Tienen mucho de mentira.

J: Como que hay una impostura en eso.

F: Exactamente. Y por ser muy rigurosos con el texto, ser muy estrictos con que el texto tiene que ser dicho todo. El refugio de la lectura. Y te impide muchas cosas eso. Vos no podés mirar a los ojos, no podés gesticular, te impide moverte. Pero principalmente es eso, el contacto con la gente. Uno no narra solamente con la voz, es todo el cuerpo el que narra. No solamente lo gestual, sino el movimiento.

J: Sí, un conocido me dijo que fue a tu taller y me contó que vos decías que había que dejar el papel, dejarlo para recitar sin leer.

F: A mí me pasa al revés, yo tengo el prejuicio de la lectura. A mí me incomoda mucho leer. Tengo una sola mano, me incomoda mucho tener que tener el papel y no tener la mano libre. Me tengo que poner los anteojos porque no veo de cerca. Hay factores que me incomodan mucho. Y la improvisación de lo que uno va a decir es otra manera de orden. Supuestamente lográs seguridad porque tenés el papel, lo podés leer. Lo otro es exactamente lo mismo, pero de otro orden de cosas. Estás mucho más libre y tenés muchas más posibilidades si improvisás. Uno tiene que sentir lo que está diciendo. Si uno siente lo que está diciendo, puede conversar cualquier cosa. No importa que lo digas literalmente. Es un punto de vista, no es más que un punto de vista.

J: ¿Qué poetas nos recomendás escuchar o leer?

F: Escuchar, a So Sonia. Leer, a Galeano. A Borges creo que no.

J: ¿Por algún motivo en especial?

F: Porque soy muy cerrado y por una cuestión de clase, porque soy muy prejuicioso.

J: Y es que es jodido conciliar lo ideológico con lo estético.

F: Para mí no hay manera. Después, Cortázar, Hunter Thompson, Bukowski y Serrat. Por ahí más o menos.

J: ¿Qué relación ves entre tu poesía y la cumbia?

F: Yo lo que más he desarrollado, aparte de escribir sobre cuestiones anímicas, es escribir sobre la pobreza. Ahora la cumbia está instalada en todos los estratos sociales, pero en su origen, hará cuarenta años atrás, la cumbia era pura y exclusivamente una música orillera, una música totalmente marginal, totalmente despreciada por las clases medias y altas, hasta hará veinte años atrás ponele. Por una cuestión de mercado hoy está totalmente incluida. La cumbia villera es un producto comercial, pero es una manifestación popular. Yo tengo mucho la necesidad de escribir el lado oscuro de la luna, la pobreza pero en sus rasgos mucho más burdos, mediocres. Son cosas que no me las contaron, que yo las viví y que todavía las siento y que todavía están adentro mío. Y la cumbia es esa esquina de barro y pena que está dando vueltas por todos los suburbios de Buenos Aires hoy en día, es un sinónimo. Porque la cumbia, sí, también es una música de fiesta, pero los pobres nos reímos con mucha tristeza.

J: Como que se festeja lo trágico.

F: Claro. Es lo único que no nos van a sacar. La cumbia tiene un acordeón muy melancólico, tiene un teclado muy melancólico. Yo a veces hasta me animo a pensar que somos los nuevos esclavos, que esa efímera alegría la tenemos en ese sentido, en ese sonido, en ese ritmo. Se llama cumbia y es nuestra, es una manifestación popular principalmente de las clases bajas.

J: Se podría pensar como una continuación del tango tal vez, por cierta cadencia, por lo popular.

F: Tiene algo de eso. Para mí, es la música popular hoy en el presente, como antes fue la milonga, como después fue el tango. Sí, me parece oportuno eso.

J: Hace poco publicaste Sin importancia, un libro de poesía. ¿Cómo fue la experiencia de editar un poemario propio con los chicos de El Rucu Editor?

F: Son ocurrencias de Sonia todo eso, que no para y está constantemente craneando cosas nuevas. Con mucha delicadeza ella y Facundo armaron esta editorial. Y por ahora están pura y exclusivamente editando a narradores y autores escritores de acá, de zona sur, autogestionados, independientes, con mucha delicadeza.

J: ¿Cómo pensás que funciona la poesía en nuestro contexto político actual? ¿Tiene una potencialidad de transformación o se queda solamente como un espacio de resistencia?

F: La poesía no cambia las cosas, si se queda ensimismada, apenas las revisa.

J: Eso es de un poema tuyo.

F: Para mí es una síntesis de esto que vos me acabás de preguntar. Se queda sin importancia. Las clases populares leen muy poco, eso ya se sabe y eso es a propósito que sea así. Si uno va a transformar con la poesía a las clases más perjudicadas de este sistema de cosas, no va alcanzar con lo romántico de un poema. Es una parte muy importante o puede tener cierta importancia, depende cómo se van sucediendo los hechos. Pero acá está la contradicción o la paradoja, porque justamente porque no va a cambiar las cosas, justamente porque la poesía no va a modificar absolutamente nada, justamente por eso es que tenemos que hacer como que sí las va a modificar, justamente por eso las va a modificar, porque no las puede modificar. Ese es el intento, eso es lo que no hay que dejar de hacer.

J: ¿Y ahora estás en algún proyecto nuevo?

F: No, seguimos con Cotidiano  y Vulgar en el Teatro Municipal de Lomas de Zamora. Con respecto a la escritura, para el año próximo vamos a tratar de desprendernos de todo lo que viene sucediendo hasta ahora, lo que vamos a tratar de hacer es escribir sobre el circuito artístico propiamente dicho, que para mí es nuevo en zona sur. Esto jamás sucedió, este circuito artístico tan enorme, independiente, centros culturales, casas culturales, teatros, rincones artísticos de todo tipo. Cada vez hay más. Esto jamás sucedió, es inédito y creo que si seguimos en este estado de cosas cada vez va a haber más.

J: Es cada vez más necesario.

F: Exactamente, imprescindible en momentos así, tan críticos. Los malabares en la calle son el resultado de la década del noventa, antes no había malabaristas en la calle. Cuando la pobreza dio una vuelta de tuerca y se hizo estructural, esos hijos que vieron que sus padres se volvían de las fábricas y ya no iban a las fábricas, toda esa desestructuración económica y productiva, dio como resultado que los hijos de esos padres sean los primeros malabaristas, los que primero empezaron a utilizar otras actividades porque su contexto no les daba absolutamente nada. Como tenemos lo bueno, también tenemos lo malo: abundó mucho más la droga, el paco. Pero también existió esto. Y en este momento vamos  a volver a pasar por eso, estamos pasando exactamente por lo mismo. Entonces cada vez va a haber más, es como una necesidad hasta anímica.

Julián Berenguel

Estudiante de Licenciatura en Letras (UBA). Oriundo de Temperley,