Sociedad

Pizza con Champagne: frivolidad y la tarea fina de desideologizar

Toda esta frivolidad reinante en torno a la política, que se había vuelto un show mediático y un compilado de escenas políticas una más superflua que la otra tenían una clara dirección política: se trataba de minimizar el rol de lo político, hacerlo estéril.

 

-Periodista: Si no la viera tan linda como la veo ahora no me atrevería a hacer esta pregunta, yo creo que no se atreven a hacérsela a usted, ¿usted es peronista?

Amalia L. de Fortabat: Siempre fui, siempre fui… (risas)

 

La breve entrevista a Amalia Lacroze de Fortabat (Amalita, para el cholulismo mediático) es tal vez uno de los cuadros más simbólicos de la década menemista. Eventos de lujo con invitadxs de “lujo”. Un sinfín de escenas de derroche y de ostentación sin concesiones, las imágenes sonrientes de Menem, Cavallo y algunos diputados del menemismo. Todo un acontecimiento que se desenvolvía al mismo tiempo que el desempleo rozaba los 19 puntos a poco más de 3 meses de que el anteriormente caudillo de las patillas del PJ pos-dictadura (en un intento muy original de emular a Facundo Quiroga, también riojano, patillas las cuales Menem  había dejado de lado poco tiempo después de ganar las elecciones del ’89 para tomar el clásico corte que lo caracterizaría durante el resto de su gobierno. Un peinado más visiblemente corto, más presentable para dirigir bendiciones hacia el presidente George W. Bush padre. “God bless you, Mr. President”,  en un inglés llamativamente mal pronunciado) ganara su reelección.

La pizza con champagne, el símbolo por excelencia de lo que en algún modo fueron los ’90, no era un fenómeno aparte. Detrás de ese gran símbolo había toda una lógica funcionando, un gran dispositivo ideológico. El menemismo venía a arrasar con cualquier duda que quedaba de que si había un único camino para nuestro país al igual que el resto del mundo era “integrarse al mundo”. Un discurso que claramente se repite en la coyuntura actual, pero que epocalmente tiene unas diferencias muy notorias. La crisis de la hiperinflación había generado un clima de colapso  tan tremendo que directamente se sumaba a un contexto y un escenario mundial en el cual frente a la caída del muro y el fin de la Unión Soviética (además del abrupto comienzo del neoliberalismo en territorio soviético) indicaban una sola cosa: que la única vía que podía establecerse definitivamente sin ningún tipo de obstáculos era la globalización. El libre mercado tenía que ser y pasaría a ser lo único que regiría al mundo entero, ya no importaban los grandes Estados de bienestar y el proteccionismo económico: había que privatizar. Frente a esto, el menemismo juega perfectamente a naturalizar todos estos aspectos: era privatizaciones o el caos total, el libre mercado o la hiperinflación.

Paralelo a esto y a pesar del fraude electoral que fue Menem a partir de su primer gobierno, de que estaba cada vez más fuerte la idea de que el pueblo se había efectivamente “comido un sapo”, estaba la necesidad de articular los estandartes del peronismo devenido en una triste versión del Partido Justicialista que celebraba una privatización tras otra en cada victoria contundente que obtenía en cámara de diputadxs o en la del senado. Se empieza a hablar del pragmatismo peronista, que Perón efectivamente hubiese hecho esto; es decir que hubiese privatizado absolutamente toda empresa estatal posible y cedido frente al apogeo de las políticas del Consenso de Washington iniciadas por Thatcher y Reagan, aún siendo que esto implicase partir al medio la soberanía nacional. Lo que importaba era garantizar la estabilidad, el progreso: se presentaba de una forma sumamente inédita una nueva versión de un clásico, civilización o barbarie. Irónicamente, aquí se efectuaba supuestamente en nombre de tal vez el  movimiento popular gobernante más grande de la historia del país.

Cuando se empiezan a percibir algunos de los efectos devastadores de la convertibilidad, la sutil misión de desideologizar llevaba ya un tiempo notable de inicio: al poco tiempo de asumir, Menem conducía una Ferrari, jugaba al básquet en un partido solidario, participaba en partidos amistosos con las camisetas de River, Racing y la selección argentina. Era un constante habitué de programas televisivos en los cuales se lo alababa de la manera más asquerosamente aduladora: entrevistas con Bernardo Neustadt, Mariano Grondona y otros afines a la ideología que pregonaba el menemismo. Las apariciones en los almuerzos de Mirtha Legrand con entrevistas centradas exclusivamente en su figura, para luego terminar bailando con una bailarina de danza arabe. Su cercanía con Susana en torno a las entrevistas que tenía con esta última. Alguien que jugaba al golf incluso estando preso de forma domiciliaria en una quinta. Obviamente, la cosa no se limitaba a la figura presidencial: el proceso fue de una entera farandulización de la política. El abrigo de María Julia Alsogaray (portada de la revista Noticias), Moria y su antiguo show en el cual siempre se encontraba en una cama con distintos políticos invitados, provenientes de varios partidos  y agrupaciones, la entrada en la política de figuras que eran consideradas netamente apolíticas (hay una catarata de ejemplos para dar, podría pensarse en Palito Ortega gobernador de Tucumán y posterior candidato a vicepresidente en la fórmula con Duhalde, el “simpático” Lole Reutemann que fue 2 veces gobernador de Santa Fe y del cual no es muy mencionado su rol en diciembre de 2001, Irma Roy como diputada del PJ… en fin, la lista sigue).

Toda esta frivolidad reinante en torno a la política, que se había vuelto un show mediático y un compilado de escenas políticas una más superflua que la otra tenían una clara dirección política: se trataba de minimizar el rol de lo político, hacerlo estéril. Si lxs representantes del Estado podían ser una molestia y el Estado era algo a destrozar, ¿qué mejor manera de hacerlo que ridiculizar y desvalorizar la importancia de las principales figuras políticas de determinado momento? O en todo caso más que ridiculizar, hacerlas parte de un espectáculo: la política al fin y al cabo era algo menor, como se recalcaban en los discursos presidenciales no había que intervenir de ninguna manera en el desenvolvimiento de la economía como tal, sino dejar todo a la libre acción de los distintos actores. Al fin y al cabo, el Estado estaba solo para “monitorear”, tenía que ser minimizado a su más pequeña expresión en todo sentido.

Todo esto contribuyó al bien históricamente conocido escepticismo político de una manera excepcional: una vez que se había creado este ambiente en el cual lxs principales representantes de los más importantes partidos de la política nacional se habían vuelto parte de un circo televisivo, ya no había mucho más en lo cual confiar en la política y al mismo tiempo no había nada por lo cual interesarse en ella. La política se vuelve algo menor, frente a las ventajas de la convertibilidad y el uno a uno, la lluvia de dólares y de tarjetas de crédito con límites altísimos para efectuar gastos y poder endeudarse a piacere, todo para irse 2 veces al año a Miami o a Cancún durante 3 años seguidos. El apogeo de las grandes cadenas de supermercado y la onda cool de la lluvia de importaciones. Todo esto fomentando la construcción de una gran masa despolitizada, que repetía la  lógica de la forma tremendamente política que se confirmaba: la antipolítica. Tal como se describía muy bien en un número de la revista Humor, la clase media de los ’90 se caracterizaba por un grupo de shit-eaters (dicho en inglés, conforme a la coyuntura política entreguista) que estaba fascinada por el uno a uno, la posibilidad de irse a Miami todos los años y que leía Gente y miraba Telefé para mirar exclusivamente Tiempo Nuevo, el programa de Neustadt. Incluso se puede hablar de quienes no integraban este particular sector de la clase media y creían que la convertibilidad era algo perfectamente articulable al peronismo ya que con ello se lograba un “peso fuerte”. Todos síntomas de la derrota cultural.

Esta frivolidad tiene desde ya ecos fuertemente presentes en la actualidad. Un gobierno que asumió con un presidente bailando en el balcón (al mismo tiempo que la vicepresidenta intentaba “entonar” algo de Gilda), sentando a Balcarce en el sillón presidencial, haciendo chistes en distintas conferencias en otras partes del mundo (como el fallido chiste a Putin), imprimiendo modelos de billetes sin próceres ni ninguna figura políticamente histórica, entre otras cosas. Al mismo tiempo que como ocurría en el menemismo se pone en duda el número de 30.000 desaparecidxs (fiel a los discursos de “pacificación” típicos de la teoría de los 2 demonios, como se percibió en el editorial “No más venganza” del 23 de noviembre de 2015 publicado en el diario La Nación), y al mismo tiempo que se le dan numerosas domiciliarias a genocidas (analogable a los indultos menemistas) y que Milagro Sala está detenida hace más de un año. Curiosamente, finalizamos el primer año del macrismo con Malvinas borrada del mapa y con promesas de volver a negociar con el FMI (con un endeudamiento récord que lidera actualmente a nivel mundial en cuestiones de cifras), lo que habla de cómo se encuentra nuestra soberanía nacional.

Y por eso tiene justamente cierto eco importante una de las frases de tinte más negacionista en el menemismo, dicha por Bernardo Neustadt en defensa de la convertibilidad: Estoy apasionado por este modelo económico; que es mentira, que es mentira, que es mentira que produzca más pobres, que los fabrique.”

Ezequiel Posin

Estudia en la Facultad de Filosofía y Letras, le interesa la historia, la política por ende, e intenta formar un pensamiento crítico fuerte. Fanático de The doors.