Cultura

Música y cultura masiva: Verbocentrismo y literalidad

La cultura masiva en nuestro país, apoyada sobre la estructura del medio televisivo y radial, desde tiempos inmemoriales ha propuesto una hegemonía del discurso musical verbocentrista. ¿En qué radio o canal de tv podemos  encontrar música instrumental? La respuesta es: prácticamente en ninguna. Y no tengo recuerdo de que haya sido de otra manera en lo que llevo de vida.

Llamaremos “orgánico” a todo aquello que se presente en su estado primigenio. De esta manera se pueden establecer escalas (es más orgánico en tanto menos alterada se encuentra su forma original).

Tengo  12 años y revuelvo la colección de CD’s que mi viejo tiene en su casa. Pienso: revolviendo acá ya encontré aquel compilado de Serú, “Completo”, el cual me fascinó. Esta tarea es digna del empleo de mi energía, la de revolver. Entonces revuelvo. De pronto me topo con lo que será una gran puerta para mí: “Crucis – Los Delirios del Mariscal”. Lo pongo y la música me atraviesa. Mientras suena el disco, hago el solo sobre mi guitarra invisible. Se me pone la piel de gallina. Mi vida cambia para siempre.

Tengo 12 años y voy al colegio con ansias de compartir esta novedad musical que me hace tan bien. Lo comento y claro, ninguno de mis compañeros conoce a Crucis, una banda del año 1976. Suena lógico pensando que corre el año 2002. Pienso “¿y qué conocen?”. Lo pregunto: ¿y vos qué escuchás?. “De todo un poco”, es la respuesta con la que más me encuentro.

Tengo 15 años y estoy en mi casa con varios compañeros. Ahora también, gracias al fino arte del revolver, poseo en mi carpeta “mp3” de la compu un disco de King Crimson, “Discipline”, y también estoy empezando a escuchar una banda canadiense llamada “Rush”. Le doy play y todo sucede: como un rayo una guitarra, un bajo, una batería, teclados y vientos vienen a hablarnos de todo aquello que podamos elucubrar. Como un terremoto toda esa música nos da la libertad de ser allí decodificadores de lo infinito. Me siento extasiado. Miro a mis amigos como quien busca complicidad, pero para mi sorpresa en sus rostros encuentro signos de algo apagado, aburrimiento y una indiferencia que tiene como resultante (en medio de algún glorioso solo) la frase “¿y –  cuándo – cantan?”.
Yo no sé bien qué responder en un principio, pero luego del pequeño lapsus en el que proceso sus expectativas no cumplidas acierto la frase: “no cantan, es música instrumental”.
“¿No cantan?, bue qué embole”.

Siento desde el pecho algo profundo, un ardor. Pienso que tengo que lograr que empaticen con lo que yo creo un tesoro. Cambio de track. Ahora suena uno cantado de Rush. La voz hiper aguda del cantante (la cual en los comienzos de mi práctica de oyente musical, debo confesar, me irritaba), ahora me parece alucinante. Eso mismo, me alucina, me parece de otro lugar, de otra naturaleza. Me intriga saber cómo ese hombre canta de esa manera, pero por el momento me entrego a disfrutar sus melodías, la intensidad de la música que emana el trío de Toronto.
“Esto está en inglés y yo no lo entiendo, no me gusta”. Son varios contra mí. Indefectiblemente la música cambia. Empieza a sonar un tema de Kapanga, luego uno de Intoxicados. Yo me entrego, no sin una fuerte sensación de contienda perdida, a la escucha de esa música.

Tengo 27 años y escribo estas líneas pensando en un concepto, el de “verbocentrismo literal”. Esto es, la palabra como centro y el sentido de la misma abstraído de las formas figurativas (como las metáforas). Pienso en esto y lo relaciono con cierta parte de la cultura musical con la que he convivido, como argentino, dentro de lo que supone el sur del conurbano bonaerense, pero que proyecto que debe extenderse a grandes porciones de la población (siguiendo una lógica de análisis de masas).

¿Hay una construcción hegemónica del gusto musical ligada a “lo cantado” y más específicamente a “lo cantado y literal”?
¿Qué rol cumple el idioma?

 

Pienso en artistas como Luis Alberto Spinetta (como clara expresión de un fenómeno que se da con muchos otros), y en cuántas veces escuché decir sobre él que “no se entienden sus letras”. Mucha gente me ha dicho que no le gusta su música porque no logra acceder a su poesía.  Según mi viejo, este fenómeno era aún mayor durante la década del ’70, cuando él comenzó con los discos de Almendra , Pescado e Invisible. Según él, es más escuchado hoy en día que en el momento histórico en que se desenvolvieron sus grandes grupos.
Pienso en largos pasajes instrumentales que, bajo la fórmula de cada grupo, desenvuelven misteriosas frases, enigmas: todo por descifrar.

La cultura masiva en nuestro país, apoyada sobre la estructura del medio televisivo y radial, desde tiempos inmemoriales ha propuesto una hegemonía del discurso musical verbocentrista. ¿En qué radio o canal de tv podemos  encontrar música instrumental? La respuesta es: prácticamente en ninguna. Y no tengo recuerdo de que haya sido de otra manera en lo que llevo de vida.
Dentro de esta macro estructura, podemos encontrar también que el idioma también es uno de los parámetros que definen “lo que gusta y lo que no”. ¿De qué manera?. Lo que pienso es que dentro de una lógica estrictamente comercial se ha generado la cultura de “lo simple” (lo que es distinto a “lo minimalista”). En este caso me refiero a una cualidad semiótica por la cual el mensaje es recibido por un receptor que se limita a incorporarlo y no a redefinirlo o a expandirlo. Y todo este proceso se da dentro del marco de una literalidad, es decir de una intencionalidad discursiva de que las palabras signifiquen “solo eso” que el emisor quiso decir. A este modelo de receptor por supuesto, una lírica en otro idioma lo incomoda porque a priori desconoce el código, salvo que la música que sostenga esa lírica tenga poder de entretenimiento de los sentidos, y con entretenimiento me refiero también a una lógica de comunicación unidireccional: un mensaje musical que no propone un acto creativo por parte del que lo recibe, sino una mera aceptación e incorporación para el disfrute instantáneo (y que quede claro lo siguiente: no hago un juicio de valor sobre la calidad de una música que apele a los sentidos de esta manera, a fin de cuentas el acto re-creativo está siempre en manos de un receptor que en última instancia siempre puede liberarse de la alienación para ser quien más sirve a sus propios propósitos).

Bajo este paradigma cultural (guiado directamente por la vara del poder mediático) se comprende como todo discurso verbal abierto, metafórico y dispuesto a la re-creación, quede por fuera del gusto masivo. Más aún se entiende si pensamos en un discurso verbal en otro idioma (lo que en un principio nos insta al trabajo de tener que aprender el nuevo código o en su defecto buscar la traducción al que manejamos). Y por último, en el último eslabón de la cadena de exclusión del gusto hegemónico aparece la música instrumental, la cual al carecer de la palabra hablada apela a una forma más orgánica de ser música: solo sonidos combinados, vibración abstracta, el infinito del sentido. Esta forma musical nos invita a lxs oyentes a ser co-creadores de la obra. Al no decir explícitamente, es el receptor el que, en la escucha y haciendo uso de su cuerpo en su totalidad, debe desenmascarar lo que ahí yace sin mostrarse.

“La música debe servir para sanar”, decía el mágico Luis. ¿Sanar? ¿Será que a priori todxs estamos enfermxs? ¿Y cómo puede servir la música, es decir la combinación de sonidos en el espacio-tiempo, para curar esta supuesta enfermedad que todxs padeceríamos?
En lo orgánico no hay enfermedad, pienso. En lo orgánico, en lo original, todo es equilibrio. Por eso a nuestro alrededor vemos cómo la naturaleza se ordena bajo ciclos cósmicos que exceden muchas veces nuestra capacidad de comprensión. A nuestro alrededor vemos cómo es la mano del humano la que logra desequilibrar el entorno del que es parte, y a su vez el suyo propio, su “interioridad”. Y esto se debe a que bajo la premisa de “la razón”, el hombre y la mujer habitan el espacio transformando la materia, desde su orgánica primigenia hacia formas cada vez más artificiales.
En lo orgánico no hay enfermedad, pienso. Y es que en lo orgánico no hay palabras, no hay verbo sino acción. La acción siempre es expansiva, creativa. El verbo puede serlo, o no.
¿Es la música un instrumento de sanación, entonces? La respuesta es que sí, siempre y cuando nos conecte a la fuente de la cual venimos, y en la cual yacen los mensajes silenciosos: las formas de nuestra propia naturaleza.

Lautaro Dávila

Músico y Productor. Vive en Temperley, en donde organiza el Ciclo Primate y el Festivaire.