Historietas

La Cuerpo

Silvana se baja de un auto en la vereda de su casa. Somos vecinas, vivimos a 6 cuadras de distancia en el barrio de Ingeniero Budge, a pasos de Puente La Noria y del submundo de la feria La Salada. Son las 8.30 de la mañana y la estuve esperando en la vereda, mientras charlaba con su hermana. Hoy es la XXV Marcha del orgullo LGBTIQ, y acaba de ir a ultimar unos detalles al Hotel Bauen, donde se concentra la columna de la Asociación de Travestis Transexuales y Transgénero de Argentina. La Plaza de Mayo ya está llena de camiones, me dice. Cree que este año va a ser un éxito, más que el año pasado.Silvana es la encargada de llevar una comparsa, y a un grupo de chicastrans de zona sur.  El cielo gris contrasta con ella, morena, labios fucsia, top floreado. Nadie parece tomar en serio a un pronóstico pesimista, la lluvia no es una amenaza. Todavía es temprano y hay que esperar por dos micros, uno de ellos gestionado por el Movimiento Evita, espacio donde Silvana, “La cuerpo”, también milita.

La casa de Silvana es humilde. Es de esas casas, comunes en el conurbano, que quedaron detenidas en un proceso de construcción. El techo y las paredes sin revocar están unificadas por el color del cemento, hay muebles desarmados y una televisión HD parece el único electrodoméstico en uso del living. Se ve una escalera, al fondo, que por la luz que recibe pareciera dar a una terraza, pero por ella Silvana sube a su pieza. Las puertas, siempre abiertas, permiten que desde la vereda se vea el interior, y cada vecino que pasa saluda.

-Cuando vine con mis padres de Santiago, vivimos acá, que era una casilla, cuando empezó la toma de esto que eran terrenos fiscales. Fuimos construyendo de a poco, yo fui ayudando a mi familia. Toda la vida fue mi casa.

Su hermana me empieza a convidar mates dulces. Su sobrina Belén, veintipico, se despierta somnolienta y me saluda. Silvana empieza a contar anécdotas y es díficil que pare, ni siquiera para tomar el mate que tiene en la mano. Dos mechones negros le enmarcan la cara y se le meten en las comisuras de los labios mientras habla. Hace gesto, o amaga con irse pero no se va. Sigue hablando.

Incluso cuando se enoja, es didáctica. Explica y gesticula. No deja de ser militante en ningún momento. Su interés se volcó hacia la promoción de la salud integral cuando, después de que la policía le quebrara la cadera, vio los efectos que le produjo el aceite industrial con el que se rellenaba la cola. Casi le amputan una pierna.La que en Europa llamaron “La lomo”, por su figura impactante, empezó a salir desnuda a la calle a promover a promover que las trans, además de construir su identidad física, cuidaran su cuerpo. Y así la apodaron sus amigas, “La cuerpo”.

La trans orgullosa coquetea con la distancia entre ser hombre y ser mujer, entre su nombre y su cuerpo. Cuando la detiene la policía para pedirle el DNI, por ejemplo. Enloquecen los oficiales con el nombre de varón y la foto de una mujer atractiva. Enloquece el sistema de datos, que muestra dos nombres distintos para una misma persona. ¿Por qué no usa su nuevo DNI, el de su identidad autopercibida? Ese no lo saca de su cuarto, es el primer DNI de la Ley de Identidad de Género. El que le dio Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada, de luto, emocionada y acariciándole el pelo.Con el DNI viejo explica a conocidos, o en charlas, cuestiones sobre identidad de género.  Y le puede decir a los policías que es libre de usar el documento que se le cante.

Son las 10 de la mañana y falta una hora para que lleguen los micros. Pero le llega un mensaje de parte de un compañero del Evita, y le parece taninverosímil que me lo muestra: “se rompió el micro, mil disculpas”. Nada más. Hay que mover a cincuenta personas dentro de un par de horas, y un micro no alcanza. Su humor dejó de chispear, y el ambiente se respira más pesado.

-Llamalo a Dani, o a Chucky, no sé, solucioname esto por favor. Ay, ¿qué voy a hacer?

Belén, su sobrina, no se despega del celular para encontrar un contacto que pueda venir con otro micro escolar. En la televisión transmiten la muerte de Fidel Castro y el final de una época, pero para ella es un día más de trabajo, como otros. Y hay que conseguir un micro.

Silvana sube a su cuarto. No va a bajar en, por lo menos, una hora. No se está “montando” sobre tacos, maquillaje y corset. La que alguna vez fue apodada “La cuerpo” por compañeras que ya no voy a conocer, está llorando y diciéndole a Marcela Romero, presidenta de ATTTA, que no va a ir. Se escuchan los primeros truenos de la mañana.

Cuando tomé la decisión de ser trans se lo dije a mi mamá. Pero no lo pudo aceptar, me dijo que tenía que ir a un psicopedagogo, ponerme testosterona. “Pero mamá, esas son hormonas masculinas. Yo quiero ser mujer”. Pero insistió, y acepté los pinchazos. Hasta que no pude más, empecé a temblar,  a sentirme mal. Le dije que, igual, iba a tener al menos un hijo que iba a terminar su educación, que era lo que ella quería. Empecé el secundario y tenía todas notas altas, pero hice hasta 2do, no me permitieron continuar. Y me fui de mi casa, no quería molestar a mi familia.

Está en su cuarto, cuando entra la dueña de casa también trans, y le muestra la boleta de luz. Hay que pagarla. Ella no tiene la plata, le ofrece vender ropa,  pagarle después. Pero la respuesta, para una joven trans, fue siempre la misma: “Tenés que prostituirte”. Va con lo puesto a la esquina. Es de noche en un barrio que acaba de nacer, como su identidad, como su trabajo. Un auto la invita a subir: es un hombre de 70 años o más.

-¿Cuánto cobrás el oral?

A los 13, Silvana no sabe lo que es  un “oral” o un “bucal”. Se queda como detenida, muda.

-Te estoy diciendo que me chupes la pija, puto. ¿Cuánto cobrás?

-No sé…

-Te doy $5, o $10 si me la chupás sin preservativo.

Tiene que juntar $40 esa noche para pagar la luz. No sabe hacerlo, nunca tuvo sexo. Lo hace con asco, pero lo hace. Tiene que hacerlo.

Kamila Castillo, compañera y amiga, se despierta y me invita a tomar mate en el hall, más cerca de la vereda, donde corre más aire. Los rulos rubios le contrastan con la tez morocha y sin maquillar. Vive ahí por invitación de Silvana, y así evita pagar un alquiler excesivo. No siempre fue así. Cuando Kamila todavía no era ella, y era un él muy coqueto y colorido, tenía un vecino que desde la vereda contraria le gritaba “puto”. Él (ella) lo corría y no podía alcanzarlo. Ese pibito, años después,  iba a visitarla a la casa para vestirse de Silvana. Kamila se ríe de la anécdota, y se relaja para hablarme de sí misma.

-Yo la transformación la hice a los 23, un poco grande ya. Y a prostituirme empecé antes. Creo que tenía 16 años. Mi hermana tenía a los nenes chiquitos y no le alcanzaba para la leche. Un día le dije “esperáme acá” y me fui a parar a la esquina. Así empecé. Porque no quería que mis sobrinos pasaran necesidad como nosotros en Santiago. Y así la  fui ayudando con plata. Por suerte mi familia siempre me aceptó, tengo buena relación con todos. Viven acá, a media cuadra. Empecé a trabajar en departamentos privados. En el primero yo no sabía cómo se trabajaba y me explicaron que venía un señor y si te elegía tenías que estar con él. Yo era transformista ahí, me vestía con una ropa especial. Pero mi familia no sabía lo que yo hacía. Yo si volvía con la ropa decía que era de otra chica, que tenía que esconder esa ropa de su familia. Para que no me vean volver así de trabajar, alquilaba, siempre que trabajé alquilé. Por eso mi familia me respeta, todos me quieren me dice la Silvana. Porque yo no andaba como una loca, así, toda vestida, no. Mi familia no supo que me prostituía, les decía que atendía el teléfono. Pero me pagaban $1500 por semana de esa epoca, y asi se dieron cuenta. Pero nunca me juzgaron. Mi sobrina no supo hasta mucho después de que yo me prostituía y eso le costó aceptar. Es al día de hoy que trabajo en la calle, porque lo que cobro no me alcanza para vivir. Sí, si tuviera un mejor sueldo dejaría la calle.

Su relato fue interrumpido por truenos, cada vez más seguidos y más fuertes, y por vecinas que la saludan. Una de ellas le relata un robo, le dice que no tiene plata. Quiere ir a Desarrollo Social, en el municipio. Pero no tiene para cargar la Sube.  Cuando se va, empieza a llover y no va a parar hasta entrada la tarde.

Belén sólo levantó la vista del teléfono para insultar a Macri y su tweet sobre la muerte de Fidel. Pero consiguió otro micro. Bajo la lluvia intensa, llegan casi al mismo tiempo. Kamila oficia de secretaria entre el cuarto de Silvana y el resto del mundo, sube a avisarle.

Llega también la Jaqui, y hacen la cuenta de quiénes vienen. “En el barrio somos un enjambre, nos chocamos”. Y me acuerdo de mi vecina trans que vivía en la misma cuadra que yo, y cómo vi su transformación, sin poder entenderla.  La Jaqui viene a producirse acá, trajo un vestido blanco y saca de la cartera una coronita con plumas rosas.

-¿A quién le robaste eso?

-¡A mi sobrinita!

Estábamos hablando de eso, cuando baja Silvana, llorando todavía. Temblando. Pero ya son más de las 12 y hay que ir a buscar a la comparsa al barrio San José, en Temperley.  “Los celestes del sur” esperan en una esquina, tratando de cubrirse de la lluvia.

Acompaño a Silvana en el viaje. No consigue calmarse. Se siente traicionada, ella, que está siempre militando, y no es la primera vez que le hacen esto. Diluvia sobre las ventanas del micro. Me clava la mirada, sin dejar de llorar, y habla.

La persigue un policía. Dispara. Ella cae. El tiro fue al aire pero ella se tira, muerta de miedo, pensando que le habían dado. El policía le esposa las manos, los pies, y encadena los dos pares esposas. Silvana tiene 13 años y está enlazada, con la cara en el barro , sintiendo sobre la cabeza un arma apuntándole. La llevan así a la comisaría.

-Ahora te vas a dejar coger.

Yo no trabajaba con penetración, no estaba acostumbrada. Sólo hacía bucales. No quería. Y en la comisaría eran ocho policías, eran demasiados.

-Te dejás coger por todos nosotros o te mato.

-Prefiero que me mates.

Me violaron, y no fue la única vez.Yo todavía no sabía contestar con mis derechos. Te mostré fotos de cuando me pegaron. Estuve semanas filtrando sangre y aceite de avión. Sé que no estoy sola., pero estoy cansada. Me estoy recuperando de un cáncer de próstata, estoy cansada. Y no me gusta que me vean así. ¿Cómo estoy?

La lluvia exacerba los aromas. Y en Silvana se sienten el perfume, la crema, y el maquillaje, juntos. Su presencia es magnética, ineludible. Pero cuando llora deja de ser la militante trans que siempre se enfrentó a la policía, que le hizo una causa penal a sus violadores.

Mientras habla veo cómo se transforma delante de mí en esa nena de 13 años, frágil y delicada, con acento santiagueño. Quiero abrazarla pero está en el otro par de asientos, y en otro mundo, muy lejos y diferente al mío. Sólo alcanzo a tomarla de la mano.

Cuando llegamos a Temperley  suben los chicos y chicas de la comparsa con bombos, cumbia y choripanes. Después vamos a buscar alas chicas, algunas viejas amigas, y otras desconocidas. Se sienta adelante con una de las mayores, la que más llamó mi atención. Se llama Johana, lleva un mono negro hasta los tobillos, con un broche rojo y brillante en el escote. Va a ser a más elegante de la marcha. Pasado un tiempo de viaje, se da vuelta para pedirle una campera a su sobrina de 15 años que la acompaña. Con el impermeable negro tapa a Silvana, que se está quedando dormida contra el vidrio. Hace frío y sigue lloviendo, aunque hayan pronosticado calor y algunas nubes. Hoy no hay pronóstico que valga.

Cuando llegamos de vuelta a Puente La Noria, Silvana ya tiene otro humor. Jaqui y Kamila todavía se están preparando, pero yo me ocupo de sacarles fotos. Ante los flashes, una de las recién llegadas, La Tana, posa al mismo tiempo que me acusa de papparazzi molesta. Silvana sube a cambiarse, y ahora sí la veo como “La cuerpo”: calzas negras al filo de lo transparente, corset símil cuero con un escote pronunciado, los hombros desnudos, torneados y relucientes. El único accesorio que sobresale es un pin con la cara de Claudia PiaBaudracco, coordinadora nacional de ATTTA y una de las impulsoras de la Ley de Igualdad de género. Falleció antes de que se aprobara, pero diciendo a sus compañeras que ya estaba tranquila, que su lucha no había sido en vano. Silvana, que la recuerda con cariño y un poco de tristeza, la lleva como su mayor referente.

Son las cuatro de la tarde, y la marcha debe estar por arrancar. Recién estamos subiendo al micro: en uno va la comparsa; en el nuestro, sólo las chicas.

-¿Y tu amiga no vino? ¿Qué le pasa, ya está castrada?
-Dale, acomodensé. Dejen de hacerse las minas.-Les grita Silvana. Está dejando de llover y se respira otro aire.

Apenas arranca, Silvana va al frente. El resto estamos sentadas en el fondo, varias se ponen al día mientras yo grabo y saco fotos. Una de las chicas nuevas, la más callada, diseña y confecciona “truqueros” o trucadoras: bombachas que ayudan a disimular los genitales masculinos. Primero tratan de escondérmelas, pero cuando ven mi curiosidad, me explican. Éstas tienen una ballena en el medio, que funciona como sostén y simula una línea. “Nunca había visto con ballenita”, dice Kamila. Son baratas y tienen estampas de animal print. Varias le piden el teléfono.

Cada veinte minutos Silvana se acerca a hacer una arenga. Las llama a capacitarse para poder entrar preparadas al cupo laboral del 1% que está cerca de implementarse en Lomas de Zamora. Les enseña canciones nuevas, que todas acompañan con aplausos. Les explica que tienen que trabajar para que “la nueva generación” viva con todos sus derechos.

Sabiendo que Silvana es peronista de parte paterna, les pregunto si ellas también lo son. Todas me gritan que sí, una empieza a cantar canciones (de las nuevas, “vamos a volver” incluida), pero otra me llama aparte para explicarme algo. Es chilena, tiene 67 años que parecen muchos menos en un bikini apenas disimulado por un sweater de crochet, y es una “diva sobreviviente”. La expectativa de vida de una mujer trans no supera los 40 años.

– Yo soy cristinista. ¿Por qué? Porque Cristina me dio todo. Todo. La vida. Todo lo que tengo hoy es gracias a ella. La salud, la identidad…todo. Tenía que venir una concha a gobernarnos para que pudiéramos vivir mejor. Porque los anteriores no hicieron nada por nosotras. Ella nada más.

Había conocido a la mayor, y quise la opinión de la más joven. Es paraguaya y tiene 20 años, hace 10 que vive acá. Después de dudar, con timidez me dice que sí, que acá hay más discriminación.

-Yo caí en el paco. Y quise recuperarme de la adicción, fui al  SEDRONAR , ¿viste? A hacer un tratamiento para dejar mi adicción. Cuando me pedían el nombre yo les decía mi apellido, y me llamaban por el nombre de varón. Entonces cuando llegaba a un centro donde me mandaban, y me veían que era mujer, me decían “no tengo vacante para mujer” pero ya me habían dicho antes que sí, ¿entendés? Sufrí mucho la discriminación, me hacían dar vueltas y eso empeoraba que yo consumiera paco. Me acerqué después al INADI, una abogada no podía creer lo que me pasaba y me acompañó ella misma a hacer los trámites. Bueno, hice el tratamiento y me recuperé. Pero ahora me gustaría insertarme laboralmente.

-¿Trabajás?

-Trabajo en la calle hace dos años. Hice changas, pero no pude conseguir otra cosa. Siempre me discriminaron por mi condición sexual.

La Tana, en cambio, trabaja hace muchísimos años. Pero tiene una excepción particular: si pasa el jefe de calle para pedirle el cobro de “la plaza”,el lugar donde se para a esperar clientes, le contesta “yo trabajaba acá cuando vos eras mulo del comisario”. De ese comisario que una vez, cuando empezaba, le dijo que no volviera porque la mataba. No era una amenaza vacía, así que volvió cuando el tipo ya había fallecido.

-Igual a éste también le digo que le cabe la ley de proxeneta. Pero no lo denuncio, ¿sabés por qué? Porque van a caer solos, vas a ver. Conmigo no se meten. Al resto les cobra, incluso los días que no van. Pero a mí no, yo no les pago.

Todas tienen algo en común: cuando me cuentan algo de su historia me miran fijamente a los ojos. Con su cuerpo trabajan, protestan, disfrutan y también narran. Me veo obligada a no desviar los míos, a hacerme cargo de que yo fui la que quise hurgar en ellas.

No soy la única que quiso saber. En el día de ayer, 25 de noviembre, día de la no violencia hacia las mujeres, se dieron a conocer los resultados del primer índice nacional de violencia machista. Entre otras variables, las entrevistadas también fueron diferenciadas acorde a su género: femenino o trans. En el informe final puede leerse: “En una escala de 0 a 10 medida a través de un índice que computa las 9 situaciones en su conjunto [las preguntas relacionadas a una situación de violencia], la cantidad de situaciones de acoso en espacios públicos y privados promedio asciende a 5,6. El índice más alto se registra entre las entrevistadas de Jujuy (8,9) y las mujeres trans (6,8)”.  Los índices más altos también se registran en la población de mujeres trans en los casos de: discriminación (6,2), amenazas e intimidaciones (5,1), abuso emocional (5,5),  imposición sexual (4,8), maltrato físico (5,8), violencia económica (5,9), violencia contra hijas o hijos (6,3).

El índice también señala que “el 20% de las mujeres entrevistadas dijeron haber sido violadas. La situación de violación aumenta a medida que desciende el nivel educativo y el estrato socioeconómico de las mujeres entrevistadas. En el estrato pobre alcanza al 25% de las mujeres mientras que en el estrato medio alto y alto llega al 15%. En el caso de las mujeres trans, el 72% dice haber sido violada.”

Son más de las seis de la tarde cuando llegan, la Plaza de Mayo está vacía y ya paró de llover. Un grupo de operarios está desarmando el escenario y la policía está a punto de abrir el tráfico. La columna de ATTTA Lomas de Zamora, liderada por La cuerpo,  pasa al lado de la Catedral al ritmo de la batucada, en un desfile exclusivo. La calle es de ellas y de nadie más. Sólo las detiene un hombre  con ropa de trabajo para pedirles selfies. Entran a una Avenida de Mayo tapizada de charcos de agua, latas de cerveza y gibré violeta. Caminan hasta encontrarse con el fondo de la caravana que ya está llegando al Congreso, tienen que atravesarla a lo largo, en silencio y dispersas, hasta la cabecera. Ahí está el camión de ATTTA, en un lugar protagónico, acorde a la consigna que grita ¡Basta de Violencia Institucional y Asesinatos a Personas Trans! Pero el camión está vacío. Todas y todos caminan detrás de la bandera y bajo la guía en el megáfono de Marcela Romero. Cuando la batucada llega, los cuerpos explotan en baile. Se abrazan a medida que se encuentran, algunas no se ven desde hace un año, otras desde hace más.

“Hoy es nuestro día libre” dicen jodiendo. Pero no joden. Hoy no pagan por pararse en esa esquina. Hoy eligen estar ahí. El cuerpo violado, ignorado, rellenado, vaciado a golpes y vuelto a rellenar hoy es libre y orgulloso. Le sacan fotos, no coimas. Es venerado en el pedestal de sus tacos, en su aura de brillantina.

Una hora después, las chicas transpiran, se abanican, se cansan. Pero saben que su presencia no es sólo  para fotos de páginas “gay friendly”. Saben que hoy tienen un protagonismo más. Mostrarse también es resistir.

Otra falla en el pronóstico de final feliz, una situación que no se supo leer en los comentarios del Facebook oficial de la marcha. Algunas consignas, como el pedido de libertad a Milagro Sala, generaron  fuertes polémicas dentro de la comunidad LGBTIQ. Acusaciones de politización, la organización de una marcha paralela con consignas propias, fueron algunas consecuencias vistas antes de marchar.  Durante el discurso del documento, cerca de las ocho de la noche, vuelan piedras y botellazos al escenario. Se suspende la marcha y nadie va a hablar de infiltrados.

Mientras voy a la boca del subte A, veo bailarines y bailarinas acompasados con la música electrónica, no parecen afectados por el final decretado. La fiesta sigue.

Cuando Silvana llegue a su casa se habrá olvidado de los problemas de esta mañana. O no, pero quizás no le importen tanto. Se ocupará más tarde. Ahora le importan las compañeras que están, y que tienen que seguir estando. Y que tiene que volver a la oficina municipal a trabajar.

Triana Obregón

Estudia Licenciatura y Profesorado en Letras (UBA). Profesora de Lengua y Literatura originaria de Lomas de Zamora en donde actualmente vive y milita.

2 agosto, 2016