Cultura

José Sbarra: mito contemporáneo

Septiembre de 1976. De izquierda a derecha: José Sbarra, Yoly Hornes y Osvaldo Jalil.

Foto cedida por Osvaldo Jalil

 

Llegué a José Sbarra porque una chica que me gustaba me pasó un cuento suyo: “Los pterodáctilos”. Es un relato breve, una historia de amor protagonizada por dos de estos dinosaurios voladores. En ese primer contacto, no le presté atención al nombre del autor ni le di mucha importancia, pero supe que estaba frente a un escritor.

En una lectura rápida, Sbarra puede parecer cursi, empalagoso. Y tal vez por momentos lo sea, no lo niego. Personalmente me impactó una de sus novelas más conocidas: Plástico cruel. Es una novela estructurada en diálogos y fragmentos de un diario, que narra el triángulo amoroso entre un pibe que viene del campo, una piba de clase alta y una poeta travesti. Narrar la voz de una travesti, a principios de los años 90, me parecía una novedad y un gesto disruptivo. Excepto Copi, casi nadie se había animado a incluir travestis en la literatura argentina. No existía, todavía, una literatura queer, trans o feminista. Antes del libro, Plástico cruel fue un monólogo teatral que se llamaba “El monólogo de Axel”, según cuenta Daniel Ritto, amigo de Sbarra, en una entrevista.

Yo leí Plástico cruel un par de días después de haber cortado con mi ex novia. De alguna manera, Sbarra estaba presente en mis experiencias con el amor. En Plástico cruel yo leía marginación y ternura, pero también humor y política. Me parecía una novela tremenda y un hallazgo, como encontrar un objeto valioso en el fondo del océano. Yo no lo sabía, pero hacía unos años se venía “militando” a Sbarra desde las trincheras de Internet. Se lo difundía y se lo compartía, como si sus obras digitalizadas en PDF hubieran reemplazado al boca en boca y a las fotocopias de antes.

Como me pasó con el poeta cordobés Vicente Luy, en Sbarra advertí la potencialidad del mito: el escritor que transitó la literatura fuera del canon, pero que sin embargo dejó una literatura muy sólida y diversa. Cuando lo leí con un ojo más atento, quise saber más de él. ¿Quién era? ¿Por qué nunca lo había leído antes? ¿Por qué su obra circuló menos que la de sus contemporáneos? Estas y otras preguntas resonaban en mí cada vez que pensaba en Sbarra.

En una entrevista que le hizo Enrique Symns para la revista El Cazador en 1992 y que se tituló “Coger, drogarme y escribir”, Sbarra se muestra como un autor que va en contra del academicismo, de la buena moral y de las reglas de la sociabilidad literaria. Es casi la confesión de un punk con la lengua afilada y una verborragia agresiva. La entrevista consolidó su mito. Y aunque respondía el cuestionario de Symns, yo seguía formulándome cada vez más interrogantes.

Quería saber más, entonces empecé a investigar a fondo. Me enteré, por ejemplo, que había tres obras inéditas de Sbarra: Los que se equivocan de víctima, El mal amor y Bang Bang. La primera, según pude comprobar y me dijeron sus allegados, quedó inconclusa. La segunda era un poemario que se había editado de forma incompleta en los últimos años. Averiguando, me enteré que una editorial independiente que surgió hace poco, Dagas del sur, se contactó con la hermana de José, Pipi Sbarra, y le propuso publicar la versión completa de este poemario y Bang Bang, que es una novela inédita. Ella aceptó. Pero todo esto no lo encontré en Internet, esto me lo contó ella, en su casa.

A medida que buscaba información de Sbarra, en los recovecos de Internet iba encontrando cada vez más datos y testimonios sobre él. Sobre su obra y sobre su vida, sobre su participación en distintos circuitos de la cultura argentina reciente. Necesitaba contrastar esos datos con alguien que lo hubiera conocido, alguien que pudiera desmentir o confirmar los descubrimientos sobre Sbarra que iba haciendo. Entonces pensé en contactarme con Osvaldo Jalil, amigo de la infancia de José, y después con su hermana, Pipi Sbarra.

Yo había encontrado un viejo archivo de la SADE en el que se leía “José Francisco Caputo”, pero ellos dos fueron quienes me confirmaron el cambio de nombre. Sbarra decía que como él era homosexual, no le convenía llevar el apellido “Caputo”. Por eso adoptó el apellido materno: Sbarra.

Sbarra trabajaba en la revista Billiken. Se hacía echar de su laburo y con cada indemnización hacía viajes. Viajaba, viajaba un buen tiempo por distintos países del mundo y después volvía. Como nadie podía hacer su trabajo como él lo hacía, la revista lo volvía a contratar. Y después de un tiempo, cansado de la rutina, volvía a hacerse echar. Así, se fue y volvió varias veces de Billiken, según me cuenta su hermana Pipi.

En Billiken hacía de todo: cuentos de terror, juegos de ingenio para pensar y guiones de historietas. Su aporte más importante tal vez sea este último. Buscando en Internet, me encontré con varias páginas en las que se hablaba con nostalgia del detective “Frac Aso”, personaje creado por Sbarra con el dibujante Diego Bianchi en 1989. Era un detective que fracasaba en todo lo que se proponía (de ahí el nombre) y que en cada aparición tenía un oficio diferente. Además de hacer historietas infantiles, la dupla intervino en las historietas eróticas para adultos. En 1992 publicaron “Miss Bombón” (que era un personaje recurrente en Frac Aso) en la revista española Tótem el Comix, que se vendía en Argentina.

José también escribía literatura infantil. Publicó varios libros para chicos, pero además, en este último tiempo me encontré con dos cuentos suyos publicados en antologías de la Editorial Orión, que dirigía la escritora de literatura infantil Poldy Bird.

Pipi me confiesa que el cuento “Manos”, de Elsa Bornemann, era una idea original de José. Al parecer, Bornemann publicó el cuento antes que él y de esa manera se quedó con los derechos. Pero no es el único caso de plagio que me cuenta. También hubo una comedia musical, allá por 1980, que se llamaba A la capital. En Internet, la autoría corresponde a Pepe Cibrian. Pero tanto Pipi como Osvaldo Jalil, el amigo de José, sostienen que en su momento Sbarra estaba enojadísimo porque no se le reconocía la coautoría de la obra.

Esta faceta, la del Sbarra dramaturgo o libretista, se me presentó como un abismo. Según uno de los directores teatrales vinculados a Sbarra en esa época, José siempre estaba muy preocupado porque no se modificara la letra de la obra. Yo no sabía cuántas obras había escrito José, pero cuando busqué a fondo me encontré con la siguiente lista:

A la capital (1980)

Víctimas del amor por el otro (1982)

Sueños de estrellas (1982)

El show no está para bollos (1983)

El mejor del año (1986)

Mónica y sus amigos (1987)

Los Susanos son el show (1988), que ganó el premio Estrella de Mar. Era una adaptación de “Sueños de estrellas” con un nombre más comercial, a pedido del productor.

A la noble igualdad (1988)

Los pro y los contra de hacer dedo (1989), que fue la primera versión de la novela Marc, la sucia rata (1991).

El show de Betty and Pop (1991)

¿Sabés quién se murió? (1995)

Parece que había muchos más inéditos de Sbarra. Estos datos casi no figuran en Internet, o no de forma ordenada aunque sea. Averigüé también que participó como guionista en las reconstrucciones periodísticas del programa televisivoYo fui testigo, que después fue una colección de libros publicados por la editorial Perfil. Como periodista, colaboró en la revista Vigencia, que era una publicación intelectual, donde entrevistó a Poldy Bird y a Isidoro Blaisten, por ejemplo, a principios de los 80. Además, escribía reseñas sobre libros recientemente publicados.

Tuvo otros contactos con lo que podríamos denominar “la cultura oficial”. En una entrevista para la revista Sol de Noche en el 2012, Tom Lupo cuenta que Fogwill le dijo que Plástico cruel le parecía el mejor libro de Argentina en ese momento. Cuando le pregunté a Pipi Sbarra sobre la relación entre José y Fogwill, ella me mencionó que Fogwill, editor de Tierra Baldía, le había prometido publicarlo en la editorial. Pero después, Fogwill decidió editar un libro suyo en lugar de uno de Sbarra y la publicación no tuvo lugar.

Como nadie lo publicaba, José decidió crear su propia editorial. Y así nació Ediciones La Rata. Sbarra también daba un taller literario. Algunos de sus alumnos fueron Juan Terranova, Peter Pank y Osvaldo Vigna, por ejemplo. Cuentan que él ponía consignas y que sus devoluciones eran amables: señalaba la debilidad de un texto sin destruir a su autor, intentaba, por el contrario, que esa debilidad pueda convertirse en una fortaleza.

Además, José Sbarra organizó un ciclo al que denominó “El circo de poesía”. Era una mezcla de poesía y teatro, todo junto. En YouTube hay algunos vídeos donde se puede ver un poco cómo era.

Hace un tiempo leí que un escritor, Federico Sironi, sostiene que Sbarra era peronista y que eso no lo dice nadie. Lo entrevisté por eso, pero lo contaré en otro momento. Todos los que lo conocieron dicen que él era anarquista, en el sentido de estar en contra de todo tipo de poder. Esto se podría comprobar a partir de su visita al programa de Susana Giménez. Contó que tenía SIDA y que estaba haciendo un tratamiento naturista. Estaba en contra del AZT, la medicación contra el VIH que recomendaban los médicos en esa época. Se había hecho vegetariano, hacía yoga y se había alejado de todo el mundo de las drogas y el reviente de los ochenta. Su última obra de teatro, “¿Sabés quién se murió?”, del ’95, habla del SIDA. El objetivo de Sbarra era juntar la plata suficiente para crear una comunidad en Córdoba, en donde los afectados por esta enfermedad pudieran hacer un tratamiento alternativo. La idea no prosperó y Sbarra murió en 1996.

Era un escritor que siempre estaba al costado de la cultura oficial, siempre al margen de la centralidad del campo literario. Pero no creo que haya que pensarlo como una víctima. Sbarra sabía el lugar que ocupaba y lo defendía. Algunos dirán que no fue lo suficientemente bueno. Otros, que su literatura no merece estar en la historia de la literatura argentina. Yo digo que lo lean. Que le den una oportunidad y lo lean. Que para eso escriben los escritores.

Julián Berenguel

Nació en Temperley en 1993 y estudió Letras en la UBA. Trabaja como profesor de literatura en escuelas secundarias del conurbano bonaerense.