Sociedad

El reflejo de otro

"Hay dos realidades: la de la mujer trans que cuando se calza su primer minifalda a los trece años las cagan a palos y las dejan a un lado, mientras que con los hombres lo que pasa es que se guardan y se lastiman con el profundo silencio del miedo. Eso los sumerge en oscuridades, porque es enloquecedor sentirse de una manera y no poder manifestarlo", advirtió.

“Estoy solo y no hay nadie en el espejo.”

Jorge Luis Borges

 

PARTE UNO

 

Hay un filósofo francés llamado Jean-Luc Nancy al que debieron hacerle una operación de urgencia hace unos años. Concretamente le trasplantaron el corazón porque el que le pertenecía de fábrica lo estaba matando. Nancy luego de la operación no fue el mismo, ese episodio transformó fuertemente su percepción del mundo. Un tiempo después, fue invitado a dar una conferencia sobre “los extranjeros”, un problema sociogeográfico que está bastante en agenda con esto de los “manterosgate”. La charla de ese día, que quedó inmortalizada en su libro “El Intruso”, explica con algunos detalles la operación que los doctores le realizaron para salvarle la vida. Lo simbólico de la anécdota radica en que el filósofo francés puso en tela de juicio la importancia de la “otredad”, es decir en aquel que es ajeno; porque para vivir, él necesitó de un extraño, ese que cotidianamente nos incomoda por el miedo que genera la distancia. En este sentido, cuando hablamos de la construcción de la identidad Nancy nos dejó una enseñanza muy grande, simbólica y también literal: cuánto del otro me interpela, forma y construye.

 

En la primera línea hay una hermosa frase de Borges que parece un poco trillada, y es normal, porque es Borges. Pero más allá de eso, tiene mucho sentido. ¡El espejo! hermosa herramienta que me muestra, que representa algo que hasta antes de tenerlo delante mío era inimaginable: yo. Pero, ¿cuánto de nosotros es genuino y cuánto es impuesto? No hablo del carácter o la personalidad, hablo de cómo me veo físicamente, cómo me siento conmigo cuando me veo en el reflejo y sobre todo qué hago de mí a partir de lo que veo cuando me miro.

 

Lo cierto es que en la conformación de la identidad confluyen varios factores, pero sobre todo es una construcción. La mirada de un otro, ajeno, extranjero de nuestras limitaciones físicas conforman más de nosotros que lo que podemos imaginar. Ya lo decía Jacques Lacan cuando hablaba del “estadio del espejo” como una fase del desarrollo psicológico del niño. El franchute aseguraba que esa etapa era vital para la construcción de la subjetividad porque hacía referencia a la primera vez que un niño se encontraba para percibir su corporeidad en un reflejo, motor de la instancia psíquica. Un reflejo que parece ajeno, pero que es nuestro, o al menos eso entendemos con el tiempo. Cabe, entonces, preguntarse si lo que ese espejo nos muestra es la “realidad”, o la construcción de lo que el otro me forma. O ambas (o ninguna).

Etimológicamente hablando, la palabra “espejo” viene del latín “speculum”, y significa “instrumento de mirada”, mientras que la palabra “forma” viene del latín “formare” y significa “dar forma”. “Una mirada que da forma”, pero ¿quién mira y quién es formado?

 

Hablando del otro, paradójicamente Nancy reflexiona sobre su propia vida. Recordemos el temita del corazón: no hay dudas de la construcción simbólica que hay en occidente en torno a esa figura y cómo es sinónimo de motor de sentimientos, romanticismos y representante legal de las bondades humanas. “Es buena gente porque tiene buen corazón”, dicen como si lo fuera todo. Bueno, a él se lo sacaron porque lo estaba matando y le pusieron el corazón de otro. “Era un forro pero ahora es bueno porque le pusieron el corazón de otro” no queda bien, ¿no? Esta idea sirve para pensar cuánto de la otra persona tiene que ver conmigo y también en el reflejo de lo que soy, o de lo que creo que soy cuando me veo. Pensar que el espejo me devuelve exactamente lo que soy es tan errado como decir que nuestra subjetividad nos cae automáticamente cuando nacemos. Pero, ¿vemos lo que somos o lo que los demás nos interpelan a través del lenguaje y luego asumimos? Lo curioso es que cuando Nancy habla de la operación se pregunta quién era verdaderamente el intruso, el extranjero: su corazón biológico, lo propio, que lo estaba matando, o el corazón de un extraño, ajeno, que le dio vida.


Todo muy lindo, maestro, pero,

¿qué pasa si me miro y no me encuentro?

¿La culpa es mía, o del otro?


PARTE DOS

 

Kalym Soria tiene 51 años y cuando en su niñez se miró al espejo vio a un nene, aunque había nacido nena.

 

Actualmente es presidente de la Red de Intersexuales, Transgéneros y Transexuales de Argentina (RITTA) y fue el primer hombre trans en cambiar su DNI, en junio de 2012. Ese documento tan preciado desde lo simbólico le fue entregado en mano por la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner durante un acto en Casa de Gobierno. También formó parte de la primer partida de DNI’s que se realizó en CABA. Hoy es esposo y padre.

 

La pregunta inicial con Kalym es sencilla y hasta puede ser un lugar común, pero como todo: siempre hay un principio. El de Kalym comenzó cuando él tenía cuatro años y vivía junto a sus padres en su casa de Longchamps. Él nació biológicamente mujer en 1965, pero tuvo noción de su masculinidad desde que tiene memoria. Sin embargo, pudo bautizarse según su identidad recién a los 46. Su familia llegó del norte de Tucumán cargando prejuicios al hombro y de muy chico aprendió dos cosas: que no era mujer y que no podía decirlo.

 

“Tuve noción de mi masculinidad a los cuatro años, pero a esa edad también aprendí que había cosas que no podía contar, y esta era una de ellas. Mis padres llegaron de Tucumán con muchos preconceptos, que estaban armados desde su estructura familiar. Cuando uno habla sobre personas trans hoy, hay mucha gente que rechaza el tema, pero hace 50 años era mil veces peor”, explicó.

 

Al lado de su casa había un terreno baldío donde él jugaba en cuero a ser vaquero. Se imaginaba toda la escena: él en su caballo tirando flechas, defendiéndose de quién sabe qué y yendo a quién sabe dónde. “No había vecinos así que nadie se molestaba”, recordó quien durante años recibió regalos de nena como muñecas y cosas por el estilo, ninguna de su agrado.

 

“Mis padres me trataban como nena, pero yo no entendía por qué, no me sentía así y mi temor era ser tratado como loco, y uno aprende a mentir y a mentirse, pero eso último no fue suficiente. No alcanzó. Me acuerdo que en mi casa teníamos un solo baño y en el primer día de clases en la escuela no sabía a cuál ir, y me hice pis en la fila. Lo anecdótico eran las maestras que comentaban entre risas ‘es normal siempre les pasa’ los primeros días. Pero no era igual, porque en esos baños no había un lugar en el que yo pudiera ir”, relató.

La socialización primaria, en su casa, lo encontró desorientado. Se sentía distinto a como lo veían y lo trataban sus padres. En la segunda, entrando a la escuela, las cosas fueron más claras para él, pero igual de dificultosas: “No encontraba mi lugar en el mundo real, no encajaba. Pero tenía un mundo interior que se expresaba en fantasías y ahí el niño interior fue creciendo”.

“Hice la primaria en el barrio. Fue muy raro porque no encajaba en los juegos de las nenas, y no sabía muy bien la razón. No jugaba con los nenes porque no se podía en ese momento. Era un drama cuando teníamos que hacer gimnasia porque me mandaban con el grupo de chicas y yo sentía que no tenía que estar ahí”, indicó.

Lo peor vino en la secundaria, en el año ‘78. Su padre era zapatero y trabajaba en una fábrica de Lomas de Zamora. Allí, un jefe de personal le recomendó que lo mande a estudiar a una escuela técnica, cuando en realidad él siempre quiso ser bachiller. “Me encantaba la idea de aprender y enseñar”, puntualizó.

“Hoy es un poco común la paridad entre varones y mujeres en las escuelas técnicas, pero en esa época no. No fue fácil, mis compañeros no perdonaban que una mujer quisiera igualarlos. Sufrí acosos muy fuertes, desde escupidas hasta golpes. No podía ceder ante ellos y vivíamos a las trompadas. En esos años competí en talleres y me iba bien en cuanto a lo educativo, pero abandoné cuando faltaban cuatro meses para recibir la Tecnicatura en Química porque las mujeres se recibían de largo y yo quería recibirme de traje”, explicó.

 

Durante su adolescencia también conoció el primer y fugaz amor. Su familia iba a una iglesia evangélica y a él le iba muy bien. Una vez su padre se acercó y le pidió que vaya a la casa de enfrente a ayudar a una chica que “era medía rara”. Kalym le hizo caso, cruzó la calle y le habló de la Biblia, pero también se enamoró.

 

“Los padres de ella vinieron a mi casa enojados y yo, en lugar de negarlo, lo reconocí. Más tarde me obligaron a ir a un pastor psicoanalista que me sometió a una ‘terapia reparativa’. Me decía ‘yo te voy a enseñar el arte de ser mujer’ y me enseñaba cómo debía vestirme o pintarme, es decir me travestía, yo no era mujer”, recordó al tiempo que rememoró: “Esta persona me preguntaba ‘Claudia -así me llamaban en esa época- si tenés dos puertas delante, en una hay un hombre desnudo y en otra una mujer desnuda ¿a cuál entrás? Y yo mentía, para que me dejaran tranquilo: ‘a la puerta del hombre’, decía”.

“No cambié, porque no pensé en hacerlo, y por eso me echaron de casa. Comencé a trabajar limpiando casas, cuidando niños y luego también empecé a dar clases, que fue lo que me gustó hacer siempre y luego de haber pasado por una técnica tenía mucha facilidad con matemática, física y química. Eran materias que me encantaban”, agregó.

Y se la rebuscó como pudo, sabiendo que él no estaba mal, como dudó de más chico cuando el espejo le mentía. ¿Pero quién le mentía? ¿El espejo o la vestimenta de nena que sus padres le ponían? ¿O tal vez la forma en la que lo llamaban? ¿O el pelo largo peinado como una princesa?.

 

“Años después me enamoré de Soledad, quien es mi actual esposa, y cuando ella llegó a mi vida lo hizo con un bebé de 9 meses. Había que sostener la olla, y entonces me iba a la calle Corrientes a buscar libros para aprender y me volví autodidacta. Como no tenía plata para comprarlos los copiaba, ahí profundicé mis conocimientos. Volanteaba por todas partes y luego me sentaba en los bares o shoppings y daba las clases, también iba a domicilio y cobraba 3 pesos la hora”, recuerda. Finalmente terminó la secundaria en otra escuela.

Pasaron los años y llegó la ley de Identidad de Género. Un tiempo después tuvo su DNI, que se lo entregó la mismísima ex presidenta Cristina Kirchner en Casa de Gobierno. Su infancia fue dura en tiempos donde la transexualidad no estaba en el diccionario y esa posibilidad, tampoco en la gran mayoría de las cabezas. Sin embargo, aclara que hoy la realidad también es difícil.

“Hay dos realidades: la de la mujer trans que cuando se calza su primer minifalda a los trece años las cagan a palos y las dejan a un lado, mientras que con los hombres lo que pasa es que se guardan y se lastiman con el profundo silencio del miedo. Eso los sumerge en oscuridades, porque es enloquecedor sentirse de una manera y no poder manifestarlo”, advirtió.

 

Señaló que “es vivir una doble vida” y que eso “es muy peligroso”. “Yo sentía una cosa pero para el resto mostraba otra, y eso no está bien. Uno tiene que ser valiente. Hay que comprender que hay prisiones sociales que son obsoletas, pero que existen y uno tiene que liberarse”, recomendó.

 

Explicó, en ese marco, que hoy todavía se viven momentos terribles que se profundizaron con los últimos cambios políticos y que el panorama es incertidumbre total. “La peleé siempre, y también voy a pelear por los derechos que conseguimos y los que faltan”. “En Capital Federal la policía entra por las noches a la zona roja y se lleva presas a las chicas y las largan cuando quieren, con violencia”, advirtió.

PARTE TRES

Hoy Kalym es Kalym, como siempre se sintió. Terminó la carrera de Trabajo Social, de la que sólo le falta la tesis para obtener el título. Tiene su DNI y fue a votar en varias oportunidades. Es presidente de RITTA y ayuda a chicos y chicas trans -es decir personas que se sienten del sexo opuesto a aquel con el que han nacido- de todo el país, que pasaron por cosas similares a las de él. Hoy también es padre y esposo. Es él.

Apasionado por las ciencias duras y enganchado con las sociales, ya no tiene que mentirse ni mentirle al resto, no tiene que mirarse al espejo y preguntarse por qué su cuerpo no coincide con su sentir. Eso ya es cosa del pasado: Sabe quién es, como siempre lo supo. El espejo hoy lo refleja, porque logró vencer la mirada ajena y se plantó ante los “lugares comunes” defendiendo sus sentimientos.

“No es nada fácil animarse a mostrarse como se es y a reconocerse, pero todos deben animarse, tienen que saber que no están locos ni locas, que deben sentir orgullo por lo que son. Jamás se puede sentir vergüenza por lo que se es, hay que animarse a hablar y enfrentarlo. Es probable que las cosas sean difíciles pero hay que buscar ayuda, hay muchas asociaciones que dan una mano. Una vez alguien me dijo ‘no te olvides de soñar…que los sueños…los sueños siempre se cumplen’, y estoy convencido de que es así”, finalizó.


Hoy, el reflejo ya no le miente.

Hernán Ferraro

Obrero de la comunicación y las ciencias sociales. El periodismo es su trabajo.

26 septiembre, 2017