Cultura

Todos los caminos conducen a Pisa

Señoras y señores, me niego. Tesoneramente, concienzudamente, definitivamente, me niego a fabricar tornillos. A ver si se entera el macrismo: lxs niñxs, lxs alumnxs, también son seres humanos. Mis alumnxs no están cortados por un molde, no quieren ni deben estarlo (¡Aleluya por eso!). Son unxs desquiciadxs, unxs locxs bajitxs que viven su vida. Hacen de ellos y ellas lo que la vida que les tocó ha hecho con ellos y ellas. No son robots, ni aprenden de la misma manera. Cualquiera que haya estado un ratito nomás frente a un aula lo sabe. ¿Lo ignoran nuestros ministros y gobernantes? No, no lo ignoran. ¿A qué se debe entonces el querer implementar una evaluación estandariza que ubica a lxs estudiantes en el lugar de meros objetos? La respuesta es compleja. Veremos si podemos desenmarañar la punta del ovillo.

Sobre las evaluaciones

Vamos a empezar con las preguntas de siempre, igual que en cualquier investigación, es decir: qué, cómo, por qué, para qué, con qué, cuándo, con quién. Estas preguntas son fundamentales al encarar una evaluación.

¿Qué debo evaluar?

¿Cómo hacerlo?

¿Por qué evaluar?

¿Para qué evaluar?

¿Con qué herramienta debe hacerse?

¿Cuándo evaluar?

¿Quién tiene que evaluar?

Estoy convencido, claro que según la ideología de cada unx esto puede variar (¡y tanto!), que las respuestas correctas serían las siguientes.

Conocimientos y habilidades que son enseñados y aprendidos en la escuela.

De manera integral, formativa, no punitiva, ya que es parte del proceso de aprendizaje.

Porque debo verificar si los contenidos y saberes han llegado a lxs alumnxs.

Para, de ser necesario, cambiar estrategias y/o recursos.

Escritos, orales, diálogos informales, trabajos prácticos. Todo esto individualmente o en grupos.

Permanentemente.

Lxs docentes.

Como podemos observar, no se trata de hacer una prueba para poner un número y a mismo resultado, misma nota.

Las evaluaciones estandarizadas son un viejo recurso que se utiliza para calificar. En el caso de las evaluaciones Pisa, caso paradigmático por cierto, no evalúan conocimientos sino aprendizajes, pero aprendizajes que no comienzan en la escuela sino en la educación no formal, es decir, en la casa. Sus mediciones, que se aplican en distintas regiones del mundo sin respetar sesgos culturales de ningún tipo, en realidad no indican la aprehensión de contenidos que han recibido lxs alumnxs sino habilidades relacionadas con su cultura general.

Algunos datos

La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) es un organismo económico, no humanitario. Fue fundada en 1961 y se la conoce como “El club de los países ricos”. Este organismo coordina las políticas macroeconómicas de los países dominantes y fomenta los tratados de libre comercio y desregulación de la economía, como el NAFTA, el ALCA o el TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica). Si no me cree, no tiene más que visitar su página para comprobarlo. Sin ser muy avisados en la cuestión, nos damos cuenta de que su nombre es sólo un eufemismo ya que no busca desarrollar países y cooperar con ellos sino expoliarlos y quedarse con sus recursos. O sea, su principal objetivo, como el de toda empresa capitalista, es buscar la forma de obtener más ganancias y aumentar su capital.
La pruebas PISA (Progranme for Intenmatinal Student Assessement) son una creación de la OCDE para apropiarse del mercado educativo mundial, recordemos que para la visión capitalista la educación no es un derecho sino una mercancía. Estas evaluaciones copian la metodología de la pruebas SAT (Scholarship Aptitude Test) estadounidenses (cuando no, “los padres de la criatura”) que se dividen en tres áreas: matemática, comprensión lectora y escritura crítica. Las SAT fueron creadas en 1926 como una manera estándar de ponerle un número a la meritocracia. Tan es así que son las que utilizan sus universidades para decidir la admisión de los ingresantes. Son el reflejo escolar de la “eficiencia” y “eficacia” que llegaría a nuestros confines con el neoliberalismo de los 90 y que ahora vuelven a estar sobre el tapete. A modo de ejemplo anecdótico, si usted me lo permite, le puedo decir que he visto a los jóvenes de Chile descompuestos a la hora de rendir la prueba de “Aptitud académica” en la que se decidía su futuro y sabría si podía aspirar a entrar en la carrera que había elegido o debía conformarse con otra (si tenía suerte). Las Pisa se le toman a alumnos de 15 años. Se eligió esa edad porque es la que tienen los alumnxs cuando terminan el sistema escolar obligatorio en los países dominantes. No se tiene en cuenta si un alumno se ha desfasado y todavía no vio alguno de los contenidos.
La editorial británica Pearson (o sus empresas subsidiarias) es la encargada de llevar adelante las evaluaciones Pisa. En la práctica, este grupo económico monopoliza el mercado desde que compró la National Evaluation Series, la primera empresa de su clase de origen norteamericano, Pearson es dueña de Longman, del 50% de The Economist, del 50% de Penguin y del Financial Times.
Según datos aportados por Pablo Gentili (secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), las evaluaciones Pisa generan un negocio de 1.700 millones de dólares cada dos años a las empresas que las hacen.

Colonialismo cultural

Suponer que todxs lxs alumnxs de todos los países pueden ser evaluados con las mismas pruebas es un desvarío que sólo se explica por el colonialismo cultural imperante. Pensar que se puede medir un sistema escolar con una acción estanca en el tiempo, con un momento de toda la trayectoria escolar, es una locura. Y pensar que esa evaluación es suficiente para diagnosticar los problemas de dicho sistema y tomar las medidas correspondientes en cuanto a políticas educativas es, sin más, un disparate notorio. Como dijera nuestra entrañable compañera Stella Maldonado, “Es un absurdo estadístico carente de rigor científico”.
Veamos qué dice en sus propios textos y cito: “si un país puntúa más que otro no se puede inferir que sus escuelas sean más efectivas, pues el aprendizaje comienza antes de la escuela y tiene lugar en una diversidad de contextos institucionales y extraescolares”.
¿Y entonces? ¿Por qué este tipo de evaluaciones tienen tanta aceptación por el gran público? ¿Tendrán algo que ver los medios masivos?
Obviamente, la respuesta es afirmativa. Los medios masivos son también un Aparato Ideológico del Estado. Una herramienta para conseguir la hegemonía. (No se asuste, no me divagaré hacia Althusser ni hacia Williams, trataré de seguir mi línea —que buen trabajo me cuesta— y lo doy por sabido: ¡un 10 para todxs!).
Acá entre usted y yo… ¿sabe qué pasa? Los resultados se publican en forma de ranking, una especie de tabla de posiciones mundial. Y como nos han metido la competencia hasta por las orejas desde hace bastante tiempo, tendemos a ver dónde estamos ubicados, más arriba o más abajo de quién: “Vamos, vamos, Argentina…”
Por otra parte los amantes de las estadísticas están felices. Miles y miles de datos para demostrar lo que sea. ¿Se imagina? ¡Un paraíso! Tecnócratas capaces de presentar montones de planillas. Opinólogos que jamás pisaron un aula explicando cómo debe ser la escuela. Periodistas capaces de traernos la luz a partir de algunos indicadores sobre un tema tan complejo como lo es la educación. Alegres economistas meritocráticos deseosos de aplicar políticas educativas ad hoc.
¿Alguien le preguntará a los docentes? ¡Ni a palos, amigo! Olvidate de Simón Rodríguez, Paulo Freire, Jesualdo Sosa, Gabriela Mistral, la escuela rural mexicana y tantxs otrxs educadores críticos y populares.
Seguramente aparecerá el iluminado que diga que hay que crear un instituto para rankear las escuelas con base en la eficiencia y la eficacia y premiar a las escuelas que ocupen los mejores lugares. ¿Quiere adivinar cuáles van a ser? ¿De verdad se puede pensar que el hijo de un campesino o la hija de un obrero tienen las mismas posibilidades que lxs de un profesional?
Como bien dijo el pedagogo colombiano Alfonso Tamayo en el VII Congreso Popular en Defensa de la Escuela Pública que se realizó este año en La Rioja: Esto puede llevar a que lxs docentes tomen atajos. ¿Qué enseñar?: los contenidos que se toman en las pruebas. ¿Para qué enseñar?: para que aprueben las evaluaciones y rankear mejor. ¿Cómo evaluar?: de la misma manera que evalúan las pruebas, así tengo mejores resultados. También aparecerán aplicaciones y softwares a la venta por una módica suma e institutos especializados en hacer que los alumnos aprueben las evaluaciones. Todo un mercado de patentes que moverá, como en otros países del orbe, millones de dólares. En fin, un negocio a costa de la educación de nuestrxs jóvenes y de su futuro y el nuestro.
Estandarizar una evaluación, hacerla un fin en sí misma, hacerla punitiva, refleja una concepción de mundo capitalista. Desde esta ideología, lxs alumnxs, trabajadorxs del futuro, deben ser piezas de una maquinaria, piezas de fácil (y económico) reemplazo. Una pesadilla estilo The Wall, una fábrica donde, como en el dibujo de Francesco Tonucci, desechemos lo que no sirve. Por eso, señoras y señores, me niego, tesoneramente, concienzudamente, definitivamente, me niego a fabricar tornillos.

Roberto Sarrabeyrouse

Docente de la materia "Prácticas del lenguaje" en numerosas escuelas del conurbano bonaerense.